Iglesia y Estado

Llevo dos meses reflexionando sobre el concepto de lo común y como lo relacionamos con lo público, lo estatal y lo privado a la hora de nuestra comunicación habitual.

He de reconocer que no es sencillo hacerlo con el caso complejo de la Iglesia en su relación con el Estado en lo que se refiere en especial al caso español, que quizás se puede extender a muchos otros del occidente católico. El cristianismo es la fuente de la que surge la mayor parte del pensamiento occidental sobre lo común, ya que la idea de comunidad, de fraternidad y por tanto de uso y reparto de lo que tenemos a nuestro alcance proviene de la interpretación del Sermón de la Montaña y de lo que debió ser una consecuencia, la multiplicación de panes y peces. El pensamiento anarquista a través de aquellos que durante siglos reflexionaron sobre esto, llegaron a la conclusión de que la propiedad era la clave maestra de la construcción del sistema de exclusión que combinaba lo material, espiritual y familiar que ha llegado a nuestros días como el liberalismo capitalista.

La Iglesia como organización social y religiosa contiene todas las incongruencias posibles en su seno. Predica la pobreza (que algunos podrían denominar como decrecimiento o austeridad) y que todas las personas somos hermanas (somos iguales y con los mismos derechos). Pero a su vez exhibe el oro y los signos de poder de que dispone; tesoros culturales, sociales y artísticos. Esos que muchos piden que sean vendidos para que esa riqueza pase a ser repartida.

Se confunde la propiedad con la custodia, y el valor con el precio. Efectivamente todo ese poder (no el político ni el espiritual) debería ser común, pertenecer a la comunidad y poder disfrutar de él, sin que fuera signo de sometimiento sino de la grandeza del espíritu y el hacer humano. No debería ser de propiedad estatal, ni privada, por eso no debe ser vendido, ya que su valor es algo que solemos referir como incalculable. Nos pertenece como especie, como comunidad, y no debería pasar a formar parte del mercado que asigna precio a lo que no lo tiene.

Pero ciertamente debería darse el paso que implica el reconocimiento de que no es objeto de propiedad, sino usufructo de la comunidad de las personas que pueblan el planeta. De la misma forma que ya se ha dado el paso para aclarar las consecuencias de lo que en el Génesis significa nuestro entorno gracias a la encíclica Lautato si, donde nuestra casa, nuestro entorno, es usufructuado sin posesión, de la misma forma aquello que la Iglesia atesora y guarda debería pasar a ser de uso común. Las consecuencias culturales serían enormes, pero hay una consecuencia más que sería de un alcance aún mucho mayor.

A parte de las actividades espirituales y de servicio a la comunidad de los desfavorecidos, hay una actividad sumamente importante que se vería afectada por este cambio en la Iglesia, y sería en la educación. Poner al servicio de la comunidad toda esa gran cantidad de edificios, no solo los actualmente dedicados a la educación, sino todos aquellos que son dedicados a cuestiones mucho menos sociales, implicaría una apuesta por un modelo de educación, más allá del estatal, comunitario, realmente público, que pudiera gestionarse de manera social, llegando mucho más lejos que los actuales sistemas educativos estatales, que en algunos casos son realmente deficitarios, y quizás sirviera de ejemplo (otra de las vocaciones perdidas de la Iglesia) a los Estados en el camino de una gestión social y eficiente de lo común, favoreciendo de paso modelos educativos coherentes con ello, cooperativos y comunitarios.

Los caminos del poder siempre son complejos porque superponen los intereses al servicio, lo privado a lo común, lo estatal a lo público. Y los desvíos hay que decidir tomarlos.

Sectores económicos en España

Mis alumn@s de 3ro (B) de la ESO están trabajando esta evaluación los sectores de la producción. Hemos debatido sobre el interés de saber la situación del estado con respecto a la de la región que habitamos (Extremadura) y creo que estos datos, y el blog completo les puede servir.

Estructura de la economía española por sectores de producción y empleo

Moral, Ley Natural y Tracendencia

Anteayer, Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Mérida, publicaba en El Periódico de Extremadura un artículo a raíz de los estudios científicos que hablan del origen fisiológico y por tanto también en el tiempo, origen primate, de nuestra moral y nuestra ética.

Termina dicho artículo con el siguiente párrafo:

Una conclusión de todo esto es que resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos (o por neurocirugía), o por una reflexión frente a la jaula de los primates. Además, esta imposibilidad es lógica, no fáctica. Por lo que es insuperable, y tan inmortal como lo son los dioses. Pero creo que insinuar la necesidad racional de lo trascendente como condición de la moral es más de lo que podría soportar un primatólogo materialista. Lo dejamos, pues, para otra ocasión.

Creo que el concepto de Naturaleza, en la acepción que nos lleva a pensar en la existencia de una Ley Natural, debemos extirparlo de nuestro vocabulario, con el fin de progresar en el camino por un lado de asumir nuestra parte biológica con todas sus consecuencias, pero también para poder aceptar que una persona humana tiene la capacidad de trascendencia, sino la necesidad. Y todo ello ayudaría de paso a que asumiéramos a nuestras hermanas no humanas dentro los criterios de convivencia que nuestro planeta demanda.

El árbol de la Ciencia y Don Pío

Pensando en mis alumnos y alumnas de 1ºESO B les comparto esta entrada del blog de mi querido amigo y ahora colega Carlos J. Herrero Canencia en el que habla del autor que estamos trabajando y dedica un espacio y una Guía de Lectura al libro que estamos leyendo, El libro de la Ciencia.

El libro de la Ciencia

97884206532979788437605227

Ni belicistas ni monárquicos

Ni es monárquico ni es belicista. Es un juego sí, un juego donde dos personas van a intentar conocer a su oponente. Ni matar, ni comer, sino tomar. Cuando el bosque oculta la realidad no hay como un estólido para regodearse en la estulticia general. El ajedrez es un juego en el que cada persona pone en juego su propio Yo, y se enfrenta a una relación personal con otro, y en ese proceso ponen en marcha todas sus herramientas relacionales para conseguir el objetivo final; apartar todos los obstáculos y conocer lo mejor posible a su oponente. Fijarlo, conseguir inmovilizar el yo de la otra persona y conocerla mejor tras desvestirla.

Las denominaciones, las formas, son ese bosque que al necio le ocultan la realidad de lo que representa ese juego. Una representación mucho más allá de las obligaciones que las piezas mantienen con la Historia. Cosa que el tablero ya consiguió liberar. Los escaques son la representación figurada del territorio en el que nos movemos; en lo bidimensional viene a figurar la esencia tridimensional con sus proporciones, haciendo un paralelismo con la realidad en la que siempre falta aparentemente una dimensión, el tiempo. Aquellos que jugamos con frecuencia nos hemos hecho al uso de un tiempo marcado, no por masoquismo, prisas o falta de paciencia. La vida tiene un transcurso, una duración determinada, y las relaciones personales se ven constreñidas a ese corsé más o menos comprimido, más o menos extendido. Es por ello que se ha confundido la agudeza mental provocada por el juego frecuente, como si fuera un progreso en la inteligencia o en la lógica del individuo, cuando en realidad se trata de una mayor habilidad en comprender lo que la persona que nos habla quiere transmitir, sus argumentaciones, su estrategia comunicativa. La habilidad espacio-temporal en la comprensión del otro es vital en el proceso de personalización, pero también lo ha sido en nuestro proceso de humanización. Nos hemos hecho más y más personas a medida que hemos desarrollado la habilidad de comprender el juego y representación de aquellas a las que tenemos delante.

Es la misma lógica interna a la música. Se trata de mecanismos de representación auditiva que provocan reacciones diferentes en cada una. Es como una cinta transportadora, la secuenciación que acompaña a nuestros procesos mentales y arrastra pensamiento, lenguaje y acción. Los juegos, sobretodo los juegos simples de dos jugadores permiten una aproximación de ambas secuenciaciones, de una superposición temporal de ambas “músicas” que como si de una danza coordinada se tratara, y que nos permitiera contemplar al otro de una manera sintonizada. Los juegos que analizó la matemática moderna, y como consecuencia la economía de mercado, a raíz de los estudios de Nash, son de 3 o más jugadores, y no implican los mismos procesos, sino la sincronía y armonización de las acciones, permitiendo la predictibilidad de las mismas. No se trata de la relación biunívoca de dos almas, mentes y espíritus, sino la armonización de las decisiones e interrelaciones de cuerpos y mentes; no nos centramos en el “entre” sino en la proyección y las consecuencias.

Las piezas de nuestro juego, de nuestra representación teatral podrían estar vestidas como lo están de monarquía y belicismo, como podrían estarlo como los personajes de Loonie Tunes, Star Trek o Star Wars. Es lo mismo Casa de Muñecas, La Escalera, Esperando a Godot, El alcalde de Zalamea o Romeo y Julieta; se trata de representar a la realidad con diferentes personajes, que en realidad son el medio por el que un autor “juega” con el público. Se trata de una representación de nuestras herramientas, de nuestras vías de aproximación al otro, y con ellas nos arropamos, nos encubrimos, nos develamos o desvelamos al otro. Paso a paso nos vamos acercando al centro de nuestro oponente y a su vez él al nuestro. Es un baile de máscaras que caen y que finalmente terminan por detener a uno de ellos. Y es en el proceso por el que nos reconocemos, tanto nosotras mismas como el otro. Y claro está, puede suceder que no lleguemos a desvelar más que algunas trazas, y que todo quede en un aplazamiento. Pero ni hay muertes, ni violencia ni derrocar reyes o reinas; simplemente personas en busca de sentido y de re-conocimiento.

¿Religión en la Escuela?

Leídos tanto el artículo de Víctor Bermudez “Defensa de la religión en la escuela”,  como el de David Cerdá en el mismo número de HCH, “Contra el popurrí ideológico y el espíritu amurallado” he de reconocer que me sitúo en una tercera posición, argumental y en cuanto a las conclusiones.
Creo que con demasiada frecuencia se confunde lo laico, con el laicismo. Lo que corresponde al ámbito público, de los valores cívicos, de la ciudadanía, de la polis, aquello que se centra en el desarrollo de la vida pública como ciudadanos, eso es ser laico. Laicista es en breve, el que usa estas cuestiones para enfrentarse enrabietadamente contra la religión, y por cierto, tiene un componente mayoritario hispánico. Pero mantener la esfera de lo laico bien definida permite una buena salud para la ciudadanía como para algo impresicindible para el ser humano, que es la espiritualidad, el sentimiento de lo trascendente.
Como cristiano, considero que la Iglesia Católica, y como ella la mayor parte de las religiones, abusan de su intromisión en terrenos que no le corresponden. Y no digo que estén desconectados, pero la Iglesia se ha convertido en máquina de poder, como otras instituciones, abordando el ámbito de la ciudadanía. La sacralidad, lo trascendente, precisa de un ámbito, de una forma de razonar (sí, de razonar) diferente al ámbito laico. Y no se trata de crear una escisión, sino de permitir que se tenga la suficiente independencia para desarrollar las creencias.
Una clase de religión católica debería enseñar claramente que no se puede ser militar, ni usurero, ni rico. Enseñar eso fuera del contexto correcto se hace imposible, ya que vivimos en una sociedad estructurada bajo la base de un capitalismo militarizado, por lo que socavaría las bases de la sociedad.
La religión debe pertenecer al ámbito de la familia y de la comunidad, que son quienes deben transmitir esta forma de entender el mundo. La escuela, por contra, debería transmitir la manera de vivir en sociedad, de participar en ella, de hacerla mejor cada día, de comprender como estructurarnos para ser sostenibles. En cambio se dedica a suministrar conocimientos contrastados o no, pero que políticamente se consideran imprescindibles para el fin que la escuela sirve.
Sí. Hay que cambiar la escuela y las instituciones religiosas. Quizás en ese mundo posible pero aún no existente podríamos compartir espacios de convivencia donde las creencias y las verdades, sean del tipo que sean, pudieran transmitirse para crear conciencias críticas tanto frente a la trascendencia como ante el poder político.
Indudablemente me encuentro más cerca de Víctor Bermudez Torres que de David Cerdá. Aunque argumentos de los que presentan ambos los considere míos. Cambia el punto de vista y fundamentalmente mi esperanza.

Próxima Centauri b como “Planeta B”

El negacionismo del Cambio Climático viene insistiendo en las infinitas capacidades de la Ciencia para desarrollar en un tiempo razonable medios para reducir los efectos de la contaminación y resolver los males de la humanidad, como la falta de agua y alimentos, mediante desarrollos tecnocientíficos.

proxima-centauri-b-landscape

This artist’s impression shows a view of the surface of the planet Proxima b orbiting the red dwarf star Proxima Centauri, the closest star to the Solar System. The double star Alpha Centauri AB also appears in the image to the upper-right of Proxima itself. Proxima b is a little more massive than the Earth and orbits in the habitable zone around Proxima Centauri, where the temperature is suitable for liquid water to exist on its surface.

Nuestra visión del mundo no ha conseguido ensancharse con el paso de los siglos más que a penas unos kilómetros de forma generalizada y sólo para unas pocas personas en relación a los 7 mil millones de habitantes de este planeta. Saber que el planeta es redondo, y que existen otros continentes a parte del propio es algo extendido, pero haberlo asumido en la comprensión que tenemos del mundo es una cosa muy distinta. En este planeta hay muchas visiones del mundo compartiendo espacio y se trata en muchos casos de entendimientos que chocan con la realidad de manera estrepitosa. Entender que los recursos son finitos, que no van a durar mucho tiempo más al ritmo que los consumimos, precisa tener claro que el mundo en el que vivimos tiene unos límites, y no es una extensión plana e indefinida. Además debe poder asimilarse lo que significa en distancias y proporciones la relación entre el manto terrestre y el globo terráqueo, y de ese modo asimilar la finitud real de nuestro planeta.

Si todo eso no está bien asimilado por nuestras mentes, es sencillo que nos puedan decir cifras con muchos ceros referentes a las reservas de tal o cual mineral o fuente de energía, o que nos puedan generar esperanzas en técnicas muy sofisticadas de laboratorio, que potencialmente aplicadas al planeta tendrían unos efectos maravillosos y salvíficos.

Lo mismo sucede con la existencia de un Planeta B. El propio Hawking ha dicho que vayamos pensando en la Luna como destino porque estamos destruyendo este planeta, como si la solución a nuestros hábitos destructivos fuera irnos a destruir a otra parte, terrificando cada lugar que encontremos con posibilidades. Y bueno, terrificar la Luna o Marte que no tienen vida en ellos, puede ser peligroso geológicamente, aunque sea difícil de calcular, pero es un riesgo que asumiríamos nosotros como especia. Pero hay varias cuestiones que se le escapan a la mayor parte. Estamos muy lejos también de ser capaces de llevar a cabo con éxito la terrificación de lugares como la Luna o Marte, y desde luego sería para una minoría de nosotros, como siempre esa minoría que fuera capaz de pagar la posibilidad de estar en esos lugares, que a pesar de sus dificultades ya serían mejor opción que el seguir sobre la Tierra. Y por otro lado, la eventualidad de que sea un ambiente mucho más amigable para las personas, como pudiera presumirse en el caso de Próxima Centauri b, surgiendo el dilema de que terrificar implicara un desastre ecológico a un planeta con vida propia.

Nuestra cosmología es aún especulativa y pobre, tanto en lo tecnocientífico como en lo filosófico. Estamos más cerca del campesino de la Edad Media que del colono de la Luna, y no digamos del de Próxima Centauri b en todo lo relativo a comprensión del mundo que nos rodea y medios tecnocientíficos.

El valor de una vida humana

No hace mucho tiempo vi la película “Good Kill”, que por primera vez ponía el acegoodkillnto sobre esa nueva forma de matar que nos permiten los drones; a distancia, como en un videojuego, pero en primera persona. Se centraba mucho en los problemas personales, no quedaba muy claro si de conciencia, del oficial protagonista de la películaeyeinthesky.jpg. Realmente no te das cuenta del punto de vista siempre individualista que le confieren a las películas en USA, hasta que no ves el mismo tema tratado desde el otro lado del Atlántico. Igualmente anglosajones, aparentemente forjados por la misma ética protestante de Hume, Mill o Weber, pero siempre con un carácter mucho más personal. “Eye in the Sky” es casi una obra de teatro con 6 escenarios simultáneos, coordinados por la tecnología que nos permite vernos y oírnos en tiempo real, igual que podemos asesinar en tiempo real y en primera persona sentados con un café o un té con pastas.

La última frase de la película es también la última frase que Alan Rickman nos dejó en el cine:

“Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra”

Tres objetivos prioritarios de la facción somalí de ISIS se encuentran reunidos en una casa del barrio de refugiados somalíes de Nairobi preparándose para un ataque suicida; desde el centro de mando del ejército y el del gobierno británicos, la base de operaciones de drones en Texas y de la inteligencia de USA en Hawai, y del ejército keniata en Nairobi se monitoriza el ataque desde un dron para abatirlos. El problema surge con la presencia en el área de alcance del ataque de una niña que vende pan.

El valor de la vida humana es el epicentro de todo, y girando al rededor se encuentran la responsabilidad sobre las decisiones, la responsabilidad de gobierno, la aplicación “contable” que significa la estimación de daños colaterales, y varias temáticas más habituales en la ética.

Siempre me he preguntado si al valor de la vida de una persona es posible aplicarle operaciones aritméticas. Si una vida vale mucho, ¿cuanto vales tres?¿Mil?¿Un millón? Y si una es incalculable, ¿podemos atrevernos a poner por delante la vida de ochenta frente a la de una? Pero ese es el problema más evidente del que trata esta película. Detrás se encuentra el dilema de la violencia, y de la legalidad de la muerte en estado de guerra. En la comparativa de estos dos títulos de los que hablo, hay algo que podemos sacar en claro a primera vista; o en las películas norteamericanas nos engañan simplificando las historias al máximo, o la práctica en la toma de decisiones en el país más poderoso de la Tierra no se sustenta más que en las de una sola persona. En la cinta inglesa se puede observar un complejo entramado político, legal y militar que precisa que entre ellos haya acuerdo, teniendo la decisión última el responsable del ejecutivo. Pero aún así las decisiones están basadas en los efectos cuantificables que se generen; muertos, imagen pública, efectividad,…

Esa frase del final, parece dejar la puerta abierta para salvar el “honor” cuestionado de un militar que mata desde una silla a miles de kilómetros sin riesgo para su vida. Pero más bien creo que es la muestra de esa imposibilidad para justificar sus actos amparado en una mística militar cada vez más difícil de defender. En la lógica de la guerra tradicional, la que se termina con Vietnam, las muertes de uno y otro lado se consideran “legales”, producidas en el proceso de una guerra. Pero poco a poco, durante los años 70 y 80 se fue generando una transformación de esa lógica, hacia una en la que la guerra es siempre defensiva, lo que convierte al otro en terrorista, y por tanto “mis” muertos siempre son asesinatos cometidos por el oponente. A dicha transformación, ha venido a sumarse la mezcla de distancia y efectividad que aportan las nuevas tecnologías. Bombardear Dresde y matar a miles indiscriminadamente no tenía más justificación que “terminar cuanto antes la guerra”; lo mismo con Hiroshima y Nagashaki. Ahora podemos matar a una persona con pocos “daños colaterales” con una certeza casi total; ¿cuantas veces se habrán preguntado como hubiera sido poseer esta tecnología y poder matar a Hitler desde un despacho de Londres?

Al final, cada uno carga con sus culpas, sí, pero los muertos son vidas concluidas para siempre. Creación, fabricación y comercio de armas son el mayor delito de lesa humanidad que existe. Si realmente queremos afrontar la culpa y nos creemos capaces y legitimados para matar, que sea mirando a los ojos y con nuestras propias manos.