Tenía 15 años aquel 6 de diciembre de 1978

En diciembre de 1978 yo tenía 15 años. Aquel era un año de varicela, de vacaciones en Tabernes, y de aquellas cosas que eran normales en la España de los 70. También es cierto que había sido el año de mi despertar en política, en el instituto Calderón de la Barca entre Usera y Carabanchel, había tenido los primeros contactos con el mundo de la política, de la interpretación de la historia de esas otras maneras que pueden ser vistas a parte de la versión oficial.

Es cierto que mi entorno era monárquico de centro izquierda y mi familia era muy juancarlista. Durante aquellos años del principio de la transición había entendido que la España de antes no era algo bueno y había que cambiarla, había que superarla, dejando atrás los años de la dictadura, la misma que ahora en mi Chile natal campaba a sus anchas, y que podíamos hacerlo gracias a un señor de traje oscuro y raya al lado que se llamaba Adolfo Suárez, que había conseguido acomodar a ultramontanos y a progresistas para poder llegar a ese punto de equilibrio que permitiera una nueva vida en esa España tan acomodada a vivir como se pudiera, o sea, a sobrevivir.

la Constitución del 78 fue una solución que a todas luces daba la impresión de ser un parche

Pero desde el principio, la Constitución del 78 fue una solución que a todas luces daba la impresión de ser un parche, algo para poder pasar página. Para muchos, el hecho de que la anterior Constitución hubiera sido eliminada después de un golpe de estado y una guerra civil, y que las normas fundamentales de los últimos 10 años hubieran sido promulgadas en unas elecciones controladas y falsas, hacía que este nuevo momento, dirigido por un régimen que además había sido el responsable de colocar como jefe del estado al rey Juan Carlos, hacía que todo pareciera gradual, suave, una Transición en paz. Esta nueva Constitución, a pesar de ser redactada por unas personas elegidas en unas primeras elecciones, donde ya habían participado muchos partidos y de los que habían sido perseguidos durante la dictadura, precisamente por los elementos anteriores no se apreciaba que tuviera los elementos necesarios para ser considerada como una norma lo suficientemente amplia para ser aceptable.

 aquella Constitución guardaba muchos de los elementos que habían debido ser aceptados para contentar a los elementos más conservadores

La campaña publicitaria de la Constitución como elemento anti miedo, anti guerra, anti fantasmas, del olvido para seguir adelante, fue muy efectiva y consiguió el efecto deseado siendo aprobada en referéndum por las dos terceras partes de las personas con derecho a voto. Pero aquella Constitución guardaba muchos de los elementos que habían debido ser aceptados para contentar a los elementos más conservadores, que venían del régimen de la dictadura y por lo tanto se vislumbraba una época en la que daríamos paso posteriormente, a cambios y modificaciones en dicha ley.

Pero esos cambios no han existido, no llegaron. El único cambio que ha sufrido esta Constitución fue precisamente un cambio realizado con nocturnidad y alevosía, o lo que es lo mismo en esta España que no cambia, con calor y en mitad de agosto por parte de los dos partidos mayoritarios que sumaban casi 300 escaños en el Parlamento en aquel momento, y necesitaban realizar una modificación para dejar el camino abierto a las necesidades del capital ante la nueva crisis que estaba atenazando el país y a medio mundo.

La España de las autonomías que debería haber sido un paso previo para un estado más federado y europeísta ha mantenido vivo el sentimiento de esa España tradicional

No haber modificado en 40 años la Constitución no es un síntoma de estabilidad, sino de debilidad ante las presiones de los sectores más conservadores, y ha traído como consecuencia que la estructura del estado, el reparto de poderes, los pasos que hay que dar para realizar los cambios en dichos poderes, y el establecimiento de nuevas leyes que garanticen los derechos que van apareciendo a medida que va cambiando la sociedad, hayan quedado encorsetados, restringidos a unos procedimientos más propios de la dictadura que de la democracia, y nos ha colocado en un punto complicado de nuestra historia, ya que coexisten nuevas ideas de funcionamiento democrático con estructuras de un conservadurismo que dificulta cualquier cambio o actualización de las normas y de las propias estructuras.

La España de las autonomías que debería haber sido un paso previo para un estado más federado y europeísta ha mantenido vivo el sentimiento de esa España tradicional que pretende ser una, grande por su historia y libre de cualquier influencia exterior. Y lo ha mantenido porque no hemos sabido ir actualizando el modelo y creando la base para una constitución de un país parte de un único estado europeo, el que ahora se enfrenta a pasos necesarios de ampliación de sus leyes comunes a ámbitos hasta ahora imposibles de abordar como la educación, fundamentales para crear las bases de ese estado unificado futuro, cada vez más imposible.

Así las cosas el cambio que pudo haber supuesto el 15M y la aparición de nuevas formas políticas, como consecuencia de esos movimientos ciudadanos, en estos momentos se encuentra en un punto de quiebre debido a que quienes realmente empiezan a aparecer con fuerza son movimientos de reacción para los que el sentimiento nacional de identidad es lo único que queda después de 40 años de democracia.

La transición española es por tanto un ejemplo de frustración y de fracaso, que solamente ha conseguido mantener la paz social a base de las subvenciones europeas y la creación de estructuras de la administración enormemente grandes.

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Reseña de “Los dilemas del Profesor Heyman” de Nicolás Paz*

Este libro de Nicolás Paz Alcalde, que llegó a mis manos en 2015, correspondía aún a la edición autoeditada del mismo. Hoy ya cuenta con la edición de La Moderna, y aún así, una obra de teatro no es tan común encontrarla editada a día de hoy. Abundan la novela y el ensayo; la poesía, sí. Pero el teatro resulta escaso.

Siempre me he imaginado al profesor, mirando un muro con líneas oblicuas, desproporcionado, como su banco, propios de una realidad fuera de lo real

Desde el principio me recordó a Samuel Beckett y a Eugène Ionesco. No por los diálogos, sino en la ambientación. Siempre me he imaginado al profesor, mirando un muro con líneas oblicuas, desproporcionado, como su banco, propios de una realidad fuera de lo real, donde llegaban los personajes como en Ionesco, de donde uno no se los esperaba, insistiendo machaconamente sus ideas con una terquedad propia del mundo real. Y todo en un ambiente frío y opresor.

Pero los dilemas de este profesor en el ghetto de Varsovia en 1942, no forman parte del absurdo. Son la cruda realidad de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente; uno de esos cientos de episodios oscuros que forman parte de los “top” de nuestra Historia. Y se abordan de esa manera que a mí me gusta que se haga presente la realidad; cargada de filosofía.

¿Qué libro de filosofía le regalan a Herr Heyman? ¿Qué pájaro es el que se sale de lo normal sobre el muro?

Se pueden imaginar lo que va a acontecer, pero eso, claro está, no es lo importante. Cuando uno se enfrenta a un texto donde sabe el inevitable final, incluso el camino que conduce hacia él, puede permitirse la distracción en los detalles, y hacerse preguntas que a lo mejor otros no se harían, pero que se pueden comentar porque no desvelan nada que uno no pueda esperar de un texto sobre este tema. ¿Qué libro de filosofía le regalan a Herr Heyman? ¿Qué pájaro es el que se sale de lo normal sobre el muro?

El mundo, la realidad se han vuelto incomprensibles, han transmutado en irreal, y lo único cuerdo es esperar.

Pero indudablemente, lo que más me interesa, como filósofo es la espera. Porque esa es la clave de todo. Y no, realmente no se espera nada y a nadie, en todo caso a Dios. Así como Berenger no espera sino que ve como los rinocerontes se apoderan de todo, o los personajes esperan a Godot que no llega, el Profesor, sólo espera. El mundo, la realidad se han vuelto incomprensibles, han transmutado en irreal, y lo único cuerdo es esperar. Porque nada parece funcionar con los códigos conocidos; los seres que habitan el ghetto y Varsovia entera, han entrado en la dinámica irracional de la supervivencia. Algo que no es vida, que no es parte de nuestra realidad, sino de un mundo perverso donde nada tiene sentido, y solo cabe esperar.

Escribir desde el horror, desde la Shoah, desde la perplejidad que nos genera la acción humana por la que se busca eliminar a determinados grupos humanos, nos obliga a posicionarnos desde él cuando leemos estos dilemas, de los que nos advierten, no se aportan respuestas. Porque no las hay. O sí. Pero desde el horror.

 

*Aparecida recientemente en la revista El Espejo de la Asociación de Escritores de Extremadura.

Emigración. 50 años de mi llegada a España

Hoy hace 50 años, que mis padres y yo, tomábamos el camino de la emigración. Mi madre regresaba a España tras 10 años en Chile, y mi padre iba a cumplir su sueño de ir al país de sus padres, y vivir en el Bilbao de su padre y abuelos. Lo hacíamos en el Transandino camino de Buenos Aires, transbordando en Los Andes y Mendoza. Atrás quedaba mi abuelo Antonio, al que no volvería a ver.

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Desde el 1 al 3 de septiembre de 1968 estuvimos en el Hotel Tívoli de Buenos Aires, un hotel ya desaparecido de la calle Florida. Dedicamos esos días a pasear la ciudad, visitar amistades y sobretodo hacer tiempo para esperar al momento del embarque en el trasatlántico Eugenio C rumbo a Europa.
Mis recuerdos no son claros de esos días, no generaron un recuerdo concreto, y por eso he tenido que recurrir a la memoria de lo escuchado durante años, y a la memoria de mis padres. En la próxima entrada hablaré de mis recuerdos del barco y las paradas que hicimos, cosas de las que sí conservo memoria propia.

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Cuando el barco venía bajando hacia el sur, Roberto Carlos grabó parte de una película en él, mientras hacía escala en río, a fines de julio de 1968. Y en aquella escala se subió Vinicius de Moraes para viajar a Buenos Aires, aunque no llegó allí sino a Montevideo porque un arenero había encallado en mitad de la bocana del puerto. Era el 8 de agosto.
Pero el 5 de septiembre de 1968 mis padre y yo embarcamos en aquel trasatlántico que no sólo movía el lujo de quienes querían un crucero de dos semanas entre Génova y Bueno Aires, sino que también llevaba pasajeros en clases inferiores.
Nuestro camarote, dentro de lo simple, tenía un ojo de buey. Y ese es uno de los recuerdos que no se han borrado en el “reseteo” de memoria infantil; una tormenta en algún lugar impreciso del Atlántico, de noche, grandes olas, relámpagos, mucho movimiento. Supongo que por eso nunca más me he mareado en un barco, ni tan siquiera cuando en el 95 recorrí las Galápagos en un catamarán (pero eso es otra historia…).

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También recuerdo fragmentos de las comidas en el comedor lleno de gente, y un señor muy amable que hablaba muy raro y que se deshacía ofreciéndome posibles opciones para comer. En aquel entonces era un fosforito rubio y extremadamente delgado, que no comía casi nada.
Durante tiempo pensé que mis padres me habían arrastrado a aquella aventura suya de cambiarse de continente y abandonar la seguridad de lo conocido. Luego pensé que había sido afortunado de que no pasáramos el golpe del 73… y también arrastré a mi familia a la misma aventura en sentido inverso en el 92; salimos de España, el 12 de octubre de 1992, ¿parece pensado adrede, verdad?

A estas alturas hace 50 años andábamos ya por medio del Atlántico. Desde Recife fuimos derechos a Lisboa, luego Valencia y finalmente Barcelona, pero eso ya fue el 17 de septiembre.

Hoy me gustaría recordar dos momentos de ese viaje que están fijados en mi memoria claramente.

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Uno es la visión del Cristo del Corcovado, al que volvería 19 años después en una parada forzosa que me regaló Lan Chile en mi primer viaje gratis trabajando para ellos. El Eugenio C hizo su parada de rigor en Rio de Janeiro, y aprovechamos las horas que había (todo el día) para visitar la ciudad. En un taxi subimos al Corcovado, y tengo grabada la imagen de lo inmenso que me pareció.

Lo otro es algo que sucedió en el barco. Una de las noches, mis padres me llevaron a la sala de fiestas, imagino que era alguna de las especiales porque no me habían dejado con niñera. Había una orquesta, y recuerdo como me atraía el sonido de la batería. Al parecer, porque yo recuerdo viendo la batería y a una señora muy amable que me hablaba, me separé de mis padres para acercarme a la orquesta y me puse a menear el cuerpo delante de la batería. Eso no está en mi recuerdo… jeje.

La vida en el barco debió ser toda una aventura con aquella edad, pero realmente no recuerdo nada más.

El 17 de septiembre de 1968 llegamos al puerto de Barcelona. Mi padre traía una beca de 6 meses para estudiar Turismo en Deusto. Allí volvió a reengancharse como vendedor, primero de libros y al año de muestrarios de telas, como había hecho al sustituir a su padre. Yo pasé ese año de la calle General Concha estudiando en los escolapios, y delante del Emerson de 20″ en Blanco y Negro, jugando con los vaqueros de plástico y alfo fuera de sitio.

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Mi recuerdo del patio es de un sitio hostil. Echaba de menos mi casa (el edificio de apartamentos que se ve en la foto, yla obra que miraba de pequeño), a mi abuelo y el cole a donde iba en Santiago. Mi madre cuidaba de mí, y de mi padre, como ha hecho siempre, como sigue haciendo con él y con mi tía Carmen,… y conmigo cuando me dejo.
50 años son menos de una vida, o muchas vidas metidas en una. Muchas casa, varias ciudadades, diferentes ocupaciones, muchos amigos y amigas, varios por el camino…. pero ha habido una cosa fundamental…

Epílogo. 30 años.

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Hoy hace 30 años que en una tarde de septiembre organizamos una quedada en mi buhardilla de Mayor 58 en Madrid. Carlos Javier Herrero Canencia se traía una amiga. Ibamos a ver Blade Runner en el pequeño 14″ de esa pequeña buhardilla 7 personas. Ella era Carmen Ibarlucea

Marx, el marxismo y sus 200 años

A raíz de este artículo sobre el bicentenario me surge la siguiente reflexión:

Efectivamente, como indica el Cardenal Marx en esa entrevista, la influencia del marxismo es muy amplia, y en la Iglesia ha sido notoria. Pero el común no ha leído a Marx, o ha escuchado ideas que entiende como marxistas, y que realmente o son marxista-leninistas, trotskistas, maoístas o gramscianas.

Yo nunca he sido marxista. He tenido profesoras y profesores marxistas, amistades marxistas y de las escuelas antedichas, pero lo más próximo que he estado del marxismo, ha sido en una etapa entre los 18 y 19 años en los que mantuve una relación estrecha con un grupo maoísta. También coincidió con mi etapa más atea. He de reconocer mi fascinación con Rosa Luxemburgo y con Trotski, e incluso con Gramsci, pero no han conseguido convencerme del gravísimo inconveniente que se repite desde Marx; la duda cartesiana ha dado paso a la sospecha, y junto a Freud y a las malinterpretaciones de Nietszche, a uno de las debilidades del pensamiento de los últimos 150 años.

Siempre me ha parecido, no obstante, que el materialismo histórico hizo dar un gran paso en la comprensión del mundo, y sus análisis económicos nos hicieron entender que “la revolución será económica o no será”, como indicaba Charles Péguy​ en 1904, unas líneas antes de acotar que “será moral o no será”. Cuando éste lee a Marx nota la ausencia del ámbito personal en sus teorías. El colectivo, la clase, han sustituido a la persona. La Doctrina Social reintrodujo a la persona en la ecuación, en algunos casos con calzador, en otros, con las necesarias modificaciones, con mayor acierto.

Pero indudablemente no podríamos entender el mundo de hoy sin Marx, ni tampoco podríamos interpretarlo sin las herramientas que nos aportó. Todas somos gracias a los Manuscritos Económico Filosóficos o a La Comuna de París algo marxistas. Pero es fundamentalmente en un sentido, y no me lo tomen a mal los marxistas de verdad, espiritual.

Por que es gracias a quienes hicieron una molienda, remolienda y amasado posterior, que podemos entender las declaraciones del Cardenal Marx. Habría que citar nombres como Diego Abad de Santillán, Guillermo Rovirosa o Alfonso Carlos Comín, que desde posiciones más o menos próximas a la Iglesia y al marxismo, o incluso al anarquismo, y solo por nombrar a personas de nuestra Iberia, ayudaron a digerir lo que Marx aportaba a un pensamiento de liberación de la persona.

 

Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad 2/2

Pues sí, estos tres elementos fundamentales y básicos de la Declaración de 1948, son el resúmen de lo que luego se van a llamar los derechos de primera, segunda y tercera generación. Ya hablamos del que fundamenta los de primera generación o fundamentales.

Ahora nos toca hablar de estos otros, reflejo de la evolución en el pensamiento en los siglos XIX y XX respectivamente.

La libertad es de esas cuestiones que siempre se abordan como un tema irresoluble o que causa conflicto, ya que se trata de uno de los conceptos fundantes del ser humano, de la persona, para muchas tradiciones, pero no para todas. Y además, es un elemento complejo en las relaciones entre personas al ser clave en la delimitación de las posibilidades de actuación. Y en ese sentido, respetar el derecho a la libertad en sentido general, tiende a referirse a la libertad de acción, ya que muchos de los otros derechos de segunda generación son realmente un desarrollo de este; comunicación, circulación, pensamiento, etc…

Y la seguridad es el que ha venido a convertirse en la estrella de los derechos de tercera generación, o aquellos que comienzan a ser reconocidos durante  el siglo XX, y más específicamente sólo después de la Declaración de Naciones Unidas. Es el elemento fundamental del pensamiento moderno, que tras la ilustración, y superada la reclamación de los derechos fundamentales y los de libertades, consideró que el derecho a la seguridad aportaba la salvaguardia necesaria al resto de derechos.

Desde mi punto de vista se ha confundido la libertad con la acción humana, dejando de lado que la propia libertad no es otra cosa que otra acción, la de liberación. En una sociedad contractual como la nuestra, hija directa del contrato social, lo que necesitamos que se nos reconozca es el derecho a liberarnos, no a ser libres. Pero por lo mismo, el derecho a la seguridad es precisamente el corset que viene a cerrar el paso de esa liberación, sirviendo de cerrojo que encierra los miedos del ser humano al otro.

El camino desde el lema de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, se ha convertido en Libertad, Igualdad y Seguridad. Estados sólidos, sociedades tranquilas y todo bien asegurado por la cuenta bancaria.

Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad. 1/2

Sí, este artículo merece solo él al menos dos entradas, dos programas. En este vamos a centrarnos en la vida, derecho fundamental como ningún otro, y sin el que los demás son papel mojado, arena entre los dedos, simple declaración de intenciones.

Y sugen dos problemas con este derecho imprescindible. Uno es la imposibilidad de convertirlo en un elemento tan fundamenatal y básico que todo el mundo cumpla. El otro viene de este primero, y es el cuidado extremo que debemos poner a la hora de legislar sobre él.

Artículo 3.

Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Como vemos el texto diferencia ya ese gran matiz que existe entre los conceptos de individuo y de persona. El individuo hace referencia al elemento social, al proceso de especificación que sufrimos al desarrollarnos, eso que llamamos proceso de personalización, que lleva dentro un proceso de diferenciación, de individuación: Somos iguales pero distintos. Y es cada uno de esos individuos quien tiene derecho a .. la vida en este caso, por el hecho de ser persona, de esa dignidad que no podemos perder, que no la perdemos aunque queramos y actuemos de forma “inhumana”.

Estaba claro que había que partir por reconocerle este derecho a la vida a todo individuo en la sociedad para que pudieramos avanzar en reconocerle otros, ya que sin este no hay nada más. Pero reconocer un derecho, no es que efectivamente no se conculque. El problema aquí, es que cuando se conculca, el individuo desaparece, la persona muere. Otros derechos al no ser efectivos pueden conllevar esta consecuencia final, pero en este caso la relación es directa e inmediata.

¿Cuándo, en qué circunstancias, podemos afirmar que no es efectivo este derecho? La muerte de alguien a manos de otro. El resto de circunstancias es cuestionable, pero esta no lo es. Cualquier medio que podamos plantear que acaba con la vida de otro ser humano, de otra persona, entra en este contexto. Y si bien todo parece muy claro, existe una circunstancia especial, la de los non-natos. Y aquí no voy a contentar a nadie, lo sé de antemano, pero desgraciadamente es lo que considero que tenemos entre manos, un dilema irresoluble. Irresoluble de manera satisfactoria para todas las personas que se lo plantean.

La existencia de la muerte, del asesinato, es algo que no se puede “prohibir”, no existe un modo en el que se respete la libertad humana y a la vez impida definitivamente la muerte de una persona a manos de otra; a parte de que exista la enfermedad mental, existen muchas circunstancias que llevan al punto de la enajenación. Pero la existencia de los ejércitos presupone la existencia organizada y premeditada con el fin de matar a otra persona, aun en el supuesto de la defensa propia, aplicable a lo personal y a lo social. Como sociedad no hemos hecho nada para acabar con los ejércitos o para acabar con la fabricación de armas. Hemos fracasado desde 1948, al menos desde entonces, como humanidad, como colectivo, en el objetivo de reducir y eliminar el mayor motivo de muerte, las guerras.

Ciertamente hemos puesto ciertas dificultades, pero somos muy comprensivos, aceptamos con mucha facilidad la existencia de ejércitos y la de las armas, el concepto de defensa propia es el argumento estrella para evitar reconocer la importancia y necesidad de llevar a cabo este objetivo. Pero hemos puesto mucho esfuerzo en dificultar o eliminar la posibilidad de matar al indefenso.

Por mucho que la ciencia se empeñe no hemos conseguido ponernos de acuerdo en el momento a partir del cual una persona es tal cosa y no otra. A mi parecer, la mera posibilidad de que un cúmulo de organismos en evolución genere la existencia de una persona, ya es suficiente. Otras disquisiciones solo sirven para atenuar las posibles consecuencias que todas sabemos conlleva, y que no queremos admitir con facilidad. La cuestión es que mientras no seamos capaces de reducir al máximo las circunstancias que llevan a muchas personas a decidir abortar un proceso vital, primero no debemos criminalizarlo, y segundo no creo que debamos impedirlo dentro de unas determinadas normas. Y esto, desde mi punto de vista es terrible, pero tan terrible como tener ejércitos, o dejar morir de hambre a miles cada día sin cambiar nada nuestros hábitos. Ni más, ni menos.

Por tanto, la persona es un fin en sí mismo, está dotada de una dignidad que implica unos derechos, pero ya en el derecho fundamental debemos comenzar a transar, a negociar, porque hemos sido incapaces de hacerlo una realidad.

 

Sobre los DDHH 1

Me he propuesto repasar algunos artículos de manera independiente, y otros en bloques, para retomar un tema (el de los DDHH) pero del que muchas veces no somos plenamente conscientes de su relevancia moral y jurídica en la vida diaria.

Se consultó con cientos de especialistas de forma directa a la hora de redactar el texto final, de todos los ámbitos y procedencias, pero indudablemente había un peso muy grande del pensamiento occidental, y de las culturas marcadas por el cristianismo, además de aquellos países que habían adoptado el marxismo como línea predominante.

Y para hacerlo con un orden, vamos a empezar por el principio:

Artículo 1.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 2.

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Estos primeros dos artículos son el marco para el resto y ponen ya algunos términos que no siempre están claros, máxime después de los casi 70 años que tiene esta Declaración Universal (el próximo 10 de diciembre se conmemorará), en nuestra boca y oídos: Dignidad, Persona, y Derechos.  Y son 3 conceptos fundamentales para entender los artículos que sigan.

De la substancia individual de naturaleza racional de Boecio, apasando por el sujeto fin en sí mismo de Kant, a ese ser humano libre, comunitario y con una dignidad inalienable, ha trascurrido la historia de la filosofía, pero estas dos últimas acepciones tuvieron un peso fundamental a través de pensadores consultados en el proceso como Emmanuel Mounier.

Pero, ¿qué es eso de la dignidad? Es la cualidad que confiere la obligación de respetar íntegramente a quien la posee; no se puede perder, es inherente, y además obliga moral y jurídicamente. Somos sujetos de derecho, porque somos dignos. Por ello es fundamental que se entienda este concepto, para comprender lo importante de esta Declaración. Y en ella misma radica uno de sus grandes problemas; nadie consultó a los representantes de las tres cuartas partes de la humanidad si estaban de acuerdo en esa idea.

 

 

Sacrificio en tiempos hedonistas

Los tiempos que corren, no los del calendario sino los de la época, este milenialismo preapocalíptico, está lleno de un hedonismo, gusto por el disfrute y desarrollo de las pasiones, que poco tiene que ver con ideas como la de sacrificio.

No creo en el sacrificio que le pedimos a niñas y niños en las escuelas, para señalarles la senda del trabajo esforzado, ni al de los que han pasado del jogging al running sin ninguna perspectiva deportiva, sino al sacrificio que puede llegar a costar la vida, el de la entrega por un servicio a los demás o por un bien mayor.

El cristianismo conmemora en estas fechas la muerte de Jesús de Nazareth, el sacrificio del cordero para el perdón de los pecados. La Pascua es el tránsito que lleva de la fiesta al calvario. Pero hay muchos otros sacrificios a diario. Estos días pasados, en Francia, Arnaud Beltrame, teniente coronel de la Gendarmerie, falleció en un ataque terrorista a un supermercado. Se intercambió por la última rehén y tras dos horas y media con el atacante, cayó abatido a tiros y cuchilladas.

Este tipo de situaciones parecieran haberse visto reducidas a las series o a las películas, pero en realidad suceden de manera continua y silenciosa. La huida sin descanso de madres y padres desde lugares en conflicto como Siria, para llevar a sus hijas e hijos a un lugar seguro; madres cruzando a nado embarazadas el estrecho de Gibraltar, personas salvando a otras de morir ahogadas en el Mediterraneo a riesgo de morir ellas,… son parte de la realidad y la presencia del sacrificio presente en nuestro mundo.

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La vida es el valor máximo que el ser humano como especie reconoce en lo que llamamos “persona”, y que filosóficamente tiene una entidad fundamental en el desarrollo de lo que entendemos como Derechos Humanos. Llevar nuestra vida al punto máximo de riesgo por la vida de otros, la capacidad de poner entre paréntesis nuestra pervivencia para garantizar la de otras, es lo que paradójicamente nos lleva a uno de los momentos críticos y máximos de ser persona.

Algunos ven en ello la razón, la muestra de la existencia de Dios. Yo creo que dicha existencia es indemostrable, pero indudablemente la idea de sacrificio, o mejor, el hecho concreto del sacrificio es lo que más cerca nos coloca de lo incomprensible, de lo indemostrable, de lo indeterminado.

Hasta el infinito y… no sabemos más

Hablar del infinito ha sido siempre algo bastante más complejo de lo que se piensa, ya que no está entre nuestras capacidades concebir el infinito. Aunque sí podemos saber lo que no es, y podemos utilizar y concebir el concepto de infinito, que no es lo mismo.

Y claro, no es lo mismo hablar de infinito en las matemáticas o la física, que en la metafísica. Para la primera el infinito es un límite, indefinido, pero punto de referencia “donde” situar lo impreciso, lo indeterminado; los números reales tienen el infinito por ambos lados de su recorrido, y en su extensión, aparece en la geometría, y por tanto en la física generando problemas que se han ido resolviendo.

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El espacio puede ser infinito, los números pueden ser infinitos, dicho vulgarmente siempre podemos concebir la posibilidad de que siempre haya algo más allá. El problema surge con el tiempo, y si los griegos se cuestionaban sobre el infinito, no lo hacían en su sentido temporal. Las cosas tienen un principio y un final; de hecho Aristóteles no pensaba que Dios tuviera la propiedad de la infinitud. Y en la actualidad, la famosa teoría del Big Bang requería suponer que hubo un principio, aunque no tuviera un final. Pero, ¿y si no lo tuvo?¿ Y si ha habido una sucesión infinita de big bangs con avance y retroceso?

Es ahí donde el infinito se convierte más en un problema metafísico que físico o matemático. Es parte de las preguntas esenciales, ya que la experiencia nos indica que no es razonable la idea de infinito, ciertamente podríamos recoger la idea de límite en matemáticas, como tendencia hacia, como punto al que nunca se llega pero nos dirigimos hacia él, para entender como funciona nuestra mente ante esta situaciones.

El infinito nos parece un abismo, pero en cambio la idea de acercarnos hacia él, pero nunca llegar nos permite seguir afrontando las cosas con mayor tranquilidad, mientras el infinito sigue ahí como no-fin. Infinitud de los números, del espacio, del tiempo, son cuestiones todas bien distintas, y no debemos dejar de pensar en ellas, ya que perdernos en esas elucubraciones nos lleva a realizar los mismos procesos que tuvieron que realizar nuestros antepasados hace decenas de miles de años al preguntarse por lo mismo, lo que les llevó a pensar. El mejor y más saludable de los ejercicios.

Universo Marvel 2ª parte

En mi anterior post (ya saben que pre-radiofónico) hablaba sobre Batman, en ese otro universo del cómic que es el de DC. Marvel ha seguido una deriva parecida al comenzar a cuestionarse los daños colaterales que se generan por las acciones de los héroes, y de la misma manera que Batman visualiza esos daños ocasionados por Superman, Ironman hace lo propioi con los ocasionados por el mismo y los Avengers.

Pero fuera de ese grupo (al menos hasta ahora) se encuentra un personaje muy particular porque quizás se trate de uno de los anti-héroes más claros de los últimos tiempos. Deadpool es un personaje que se puede calificar de “gamberro”, está fuera de muchas de las reglas de lo políticamente correcto, es la antítesis de Capitán América, siempre tan “responsable” y dedicado al “bien” y al “orden”. Siempre se sitúa en los márgenes de lo aceptado como correcto, y siempre va a actuar desde unos parámetros que para muchos lo sitúan entre los “malos”.

photo5850429980905942612En principio debería situarse entre los X-Men, ese universo paralelo de Marvel que corre con su propia historia de mutantes marginados de la sociedad, pero su imposibilidad para ceñirse a unas normas concretas le dejan al margen de la escuela del Dr. Xabier. Y esa marginalidad nos permite abordar el tema de si su forma de actuar es responsable o no lo es.

Hay otra caracterísitica del personaje que lo hace muy especial, y es su comunicación directa con nosotras, rompe contínuamente con la cuarta pared, cosa que nos coloca en una relación muy especial con él. Nos implica en sus acciones, y de hecho es muy meticuloso a la hora de explicar su historia, y de explicar sus razones. Y su relación con el mal, con aquellos que actúan mal, irresponsablemente, es desde la comicidad, una forma de actuar responsable con su entorno.

Quizás lo más interesante sería preguntarse (y dejo la pregunta abierta esperando vuestras respuestas y reflexiones) si la responsabilidad es algo que parte de nosotros o que nos viene marcada por otros o por la sociedad.