Emigración. 50 años de mi llegada a España

Hoy hace 50 años, que mis padres y yo, tomábamos el camino de la emigración. Mi madre regresaba a España tras 10 años en Chile, y mi padre iba a cumplir su sueño de ir al país de sus padres, y vivir en el Bilbao de su padre y abuelos. Lo hacíamos en el Transandino camino de Buenos Aires, transbordando en Los Andes y Mendoza. Atrás quedaba mi abuelo Antonio, al que no volvería a ver.

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Desde el 1 al 3 de septiembre de 1968 estuvimos en el Hotel Tívoli de Buenos Aires, un hotel ya desaparecido de la calle Florida. Dedicamos esos días a pasear la ciudad, visitar amistades y sobretodo hacer tiempo para esperar al momento del embarque en el trasatlántico Eugenio C rumbo a Europa.
Mis recuerdos no son claros de esos días, no generaron un recuerdo concreto, y por eso he tenido que recurrir a la memoria de lo escuchado durante años, y a la memoria de mis padres. En la próxima entrada hablaré de mis recuerdos del barco y las paradas que hicimos, cosas de las que sí conservo memoria propia.

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Cuando el barco venía bajando hacia el sur, Roberto Carlos grabó parte de una película en él, mientras hacía escala en río, a fines de julio de 1968. Y en aquella escala se subió Vinicius de Moraes para viajar a Buenos Aires, aunque no llegó allí sino a Montevideo porque un arenero había encallado en mitad de la bocana del puerto. Era el 8 de agosto.
Pero el 5 de septiembre de 1968 mis padre y yo embarcamos en aquel trasatlántico que no sólo movía el lujo de quienes querían un crucero de dos semanas entre Génova y Bueno Aires, sino que también llevaba pasajeros en clases inferiores.
Nuestro camarote, dentro de lo simple, tenía un ojo de buey. Y ese es uno de los recuerdos que no se han borrado en el “reseteo” de memoria infantil; una tormenta en algún lugar impreciso del Atlántico, de noche, grandes olas, relámpagos, mucho movimiento. Supongo que por eso nunca más me he mareado en un barco, ni tan siquiera cuando en el 95 recorrí las Galápagos en un catamarán (pero eso es otra historia…).

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También recuerdo fragmentos de las comidas en el comedor lleno de gente, y un señor muy amable que hablaba muy raro y que se deshacía ofreciéndome posibles opciones para comer. En aquel entonces era un fosforito rubio y extremadamente delgado, que no comía casi nada.
Durante tiempo pensé que mis padres me habían arrastrado a aquella aventura suya de cambiarse de continente y abandonar la seguridad de lo conocido. Luego pensé que había sido afortunado de que no pasáramos el golpe del 73… y también arrastré a mi familia a la misma aventura en sentido inverso en el 92; salimos de España, el 12 de octubre de 1992, ¿parece pensado adrede, verdad?

A estas alturas hace 50 años andábamos ya por medio del Atlántico. Desde Recife fuimos derechos a Lisboa, luego Valencia y finalmente Barcelona, pero eso ya fue el 17 de septiembre.

Hoy me gustaría recordar dos momentos de ese viaje que están fijados en mi memoria claramente.

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Uno es la visión del Cristo del Corcovado, al que volvería 19 años después en una parada forzosa que me regaló Lan Chile en mi primer viaje gratis trabajando para ellos. El Eugenio C hizo su parada de rigor en Rio de Janeiro, y aprovechamos las horas que había (todo el día) para visitar la ciudad. En un taxi subimos al Corcovado, y tengo grabada la imagen de lo inmenso que me pareció.

Lo otro es algo que sucedió en el barco. Una de las noches, mis padres me llevaron a la sala de fiestas, imagino que era alguna de las especiales porque no me habían dejado con niñera. Había una orquesta, y recuerdo como me atraía el sonido de la batería. Al parecer, porque yo recuerdo viendo la batería y a una señora muy amable que me hablaba, me separé de mis padres para acercarme a la orquesta y me puse a menear el cuerpo delante de la batería. Eso no está en mi recuerdo… jeje.

La vida en el barco debió ser toda una aventura con aquella edad, pero realmente no recuerdo nada más.

El 17 de septiembre de 1968 llegamos al puerto de Barcelona. Mi padre traía una beca de 6 meses para estudiar Turismo en Deusto. Allí volvió a reengancharse como vendedor, primero de libros y al año de muestrarios de telas, como había hecho al sustituir a su padre. Yo pasé ese año de la calle General Concha estudiando en los escolapios, y delante del Emerson de 20″ en Blanco y Negro, jugando con los vaqueros de plástico y alfo fuera de sitio.

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Mi recuerdo del patio es de un sitio hostil. Echaba de menos mi casa (el edificio de apartamentos que se ve en la foto, yla obra que miraba de pequeño), a mi abuelo y el cole a donde iba en Santiago. Mi madre cuidaba de mí, y de mi padre, como ha hecho siempre, como sigue haciendo con él y con mi tía Carmen,… y conmigo cuando me dejo.
50 años son menos de una vida, o muchas vidas metidas en una. Muchas casa, varias ciudadades, diferentes ocupaciones, muchos amigos y amigas, varios por el camino…. pero ha habido una cosa fundamental…

Epílogo. 30 años.

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Hoy hace 30 años que en una tarde de septiembre organizamos una quedada en mi buhardilla de Mayor 58 en Madrid. Carlos Javier Herrero Canencia se traía una amiga. Ibamos a ver Blade Runner en el pequeño 14″ de esa pequeña buhardilla 7 personas. Ella era Carmen Ibarlucea

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