Marx, el marxismo y sus 200 años

A raíz de este artículo sobre el bicentenario me surge la siguiente reflexión:

Efectivamente, como indica el Cardenal Marx en esa entrevista, la influencia del marxismo es muy amplia, y en la Iglesia ha sido notoria. Pero el común no ha leído a Marx, o ha escuchado ideas que entiende como marxistas, y que realmente o son marxista-leninistas, trotskistas, maoístas o gramscianas.

Yo nunca he sido marxista. He tenido profesoras y profesores marxistas, amistades marxistas y de las escuelas antedichas, pero lo más próximo que he estado del marxismo, ha sido en una etapa entre los 18 y 19 años en los que mantuve una relación estrecha con un grupo maoísta. También coincidió con mi etapa más atea. He de reconocer mi fascinación con Rosa Luxemburgo y con Trotski, e incluso con Gramsci, pero no han conseguido convencerme del gravísimo inconveniente que se repite desde Marx; la duda cartesiana ha dado paso a la sospecha, y junto a Freud y a las malinterpretaciones de Nietszche, a uno de las debilidades del pensamiento de los últimos 150 años.

Siempre me ha parecido, no obstante, que el materialismo histórico hizo dar un gran paso en la comprensión del mundo, y sus análisis económicos nos hicieron entender que “la revolución será económica o no será”, como indicaba Charles Péguy​ en 1904, unas líneas antes de acotar que “será moral o no será”. Cuando éste lee a Marx nota la ausencia del ámbito personal en sus teorías. El colectivo, la clase, han sustituido a la persona. La Doctrina Social reintrodujo a la persona en la ecuación, en algunos casos con calzador, en otros, con las necesarias modificaciones, con mayor acierto.

Pero indudablemente no podríamos entender el mundo de hoy sin Marx, ni tampoco podríamos interpretarlo sin las herramientas que nos aportó. Todas somos gracias a los Manuscritos Económico Filosóficos o a La Comuna de París algo marxistas. Pero es fundamentalmente en un sentido, y no me lo tomen a mal los marxistas de verdad, espiritual.

Por que es gracias a quienes hicieron una molienda, remolienda y amasado posterior, que podemos entender las declaraciones del Cardenal Marx. Habría que citar nombres como Diego Abad de Santillán, Guillermo Rovirosa o Alfonso Carlos Comín, que desde posiciones más o menos próximas a la Iglesia y al marxismo, o incluso al anarquismo, y solo por nombrar a personas de nuestra Iberia, ayudaron a digerir lo que Marx aportaba a un pensamiento de liberación de la persona.

 

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Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad 2/2

Pues sí, estos tres elementos fundamentales y básicos de la Declaración de 1948, son el resúmen de lo que luego se van a llamar los derechos de primera, segunda y tercera generación. Ya hablamos del que fundamenta los de primera generación o fundamentales.

Ahora nos toca hablar de estos otros, reflejo de la evolución en el pensamiento en los siglos XIX y XX respectivamente.

La libertad es de esas cuestiones que siempre se abordan como un tema irresoluble o que causa conflicto, ya que se trata de uno de los conceptos fundantes del ser humano, de la persona, para muchas tradiciones, pero no para todas. Y además, es un elemento complejo en las relaciones entre personas al ser clave en la delimitación de las posibilidades de actuación. Y en ese sentido, respetar el derecho a la libertad en sentido general, tiende a referirse a la libertad de acción, ya que muchos de los otros derechos de segunda generación son realmente un desarrollo de este; comunicación, circulación, pensamiento, etc…

Y la seguridad es el que ha venido a convertirse en la estrella de los derechos de tercera generación, o aquellos que comienzan a ser reconocidos durante  el siglo XX, y más específicamente sólo después de la Declaración de Naciones Unidas. Es el elemento fundamental del pensamiento moderno, que tras la ilustración, y superada la reclamación de los derechos fundamentales y los de libertades, consideró que el derecho a la seguridad aportaba la salvaguardia necesaria al resto de derechos.

Desde mi punto de vista se ha confundido la libertad con la acción humana, dejando de lado que la propia libertad no es otra cosa que otra acción, la de liberación. En una sociedad contractual como la nuestra, hija directa del contrato social, lo que necesitamos que se nos reconozca es el derecho a liberarnos, no a ser libres. Pero por lo mismo, el derecho a la seguridad es precisamente el corset que viene a cerrar el paso de esa liberación, sirviendo de cerrojo que encierra los miedos del ser humano al otro.

El camino desde el lema de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, se ha convertido en Libertad, Igualdad y Seguridad. Estados sólidos, sociedades tranquilas y todo bien asegurado por la cuenta bancaria.

Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad. 1/2

Sí, este artículo merece solo él al menos dos entradas, dos programas. En este vamos a centrarnos en la vida, derecho fundamental como ningún otro, y sin el que los demás son papel mojado, arena entre los dedos, simple declaración de intenciones.

Y sugen dos problemas con este derecho imprescindible. Uno es la imposibilidad de convertirlo en un elemento tan fundamenatal y básico que todo el mundo cumpla. El otro viene de este primero, y es el cuidado extremo que debemos poner a la hora de legislar sobre él.

Artículo 3.

Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Como vemos el texto diferencia ya ese gran matiz que existe entre los conceptos de individuo y de persona. El individuo hace referencia al elemento social, al proceso de especificación que sufrimos al desarrollarnos, eso que llamamos proceso de personalización, que lleva dentro un proceso de diferenciación, de individuación: Somos iguales pero distintos. Y es cada uno de esos individuos quien tiene derecho a .. la vida en este caso, por el hecho de ser persona, de esa dignidad que no podemos perder, que no la perdemos aunque queramos y actuemos de forma “inhumana”.

Estaba claro que había que partir por reconocerle este derecho a la vida a todo individuo en la sociedad para que pudieramos avanzar en reconocerle otros, ya que sin este no hay nada más. Pero reconocer un derecho, no es que efectivamente no se conculque. El problema aquí, es que cuando se conculca, el individuo desaparece, la persona muere. Otros derechos al no ser efectivos pueden conllevar esta consecuencia final, pero en este caso la relación es directa e inmediata.

¿Cuándo, en qué circunstancias, podemos afirmar que no es efectivo este derecho? La muerte de alguien a manos de otro. El resto de circunstancias es cuestionable, pero esta no lo es. Cualquier medio que podamos plantear que acaba con la vida de otro ser humano, de otra persona, entra en este contexto. Y si bien todo parece muy claro, existe una circunstancia especial, la de los non-natos. Y aquí no voy a contentar a nadie, lo sé de antemano, pero desgraciadamente es lo que considero que tenemos entre manos, un dilema irresoluble. Irresoluble de manera satisfactoria para todas las personas que se lo plantean.

La existencia de la muerte, del asesinato, es algo que no se puede “prohibir”, no existe un modo en el que se respete la libertad humana y a la vez impida definitivamente la muerte de una persona a manos de otra; a parte de que exista la enfermedad mental, existen muchas circunstancias que llevan al punto de la enajenación. Pero la existencia de los ejércitos presupone la existencia organizada y premeditada con el fin de matar a otra persona, aun en el supuesto de la defensa propia, aplicable a lo personal y a lo social. Como sociedad no hemos hecho nada para acabar con los ejércitos o para acabar con la fabricación de armas. Hemos fracasado desde 1948, al menos desde entonces, como humanidad, como colectivo, en el objetivo de reducir y eliminar el mayor motivo de muerte, las guerras.

Ciertamente hemos puesto ciertas dificultades, pero somos muy comprensivos, aceptamos con mucha facilidad la existencia de ejércitos y la de las armas, el concepto de defensa propia es el argumento estrella para evitar reconocer la importancia y necesidad de llevar a cabo este objetivo. Pero hemos puesto mucho esfuerzo en dificultar o eliminar la posibilidad de matar al indefenso.

Por mucho que la ciencia se empeñe no hemos conseguido ponernos de acuerdo en el momento a partir del cual una persona es tal cosa y no otra. A mi parecer, la mera posibilidad de que un cúmulo de organismos en evolución genere la existencia de una persona, ya es suficiente. Otras disquisiciones solo sirven para atenuar las posibles consecuencias que todas sabemos conlleva, y que no queremos admitir con facilidad. La cuestión es que mientras no seamos capaces de reducir al máximo las circunstancias que llevan a muchas personas a decidir abortar un proceso vital, primero no debemos criminalizarlo, y segundo no creo que debamos impedirlo dentro de unas determinadas normas. Y esto, desde mi punto de vista es terrible, pero tan terrible como tener ejércitos, o dejar morir de hambre a miles cada día sin cambiar nada nuestros hábitos. Ni más, ni menos.

Por tanto, la persona es un fin en sí mismo, está dotada de una dignidad que implica unos derechos, pero ya en el derecho fundamental debemos comenzar a transar, a negociar, porque hemos sido incapaces de hacerlo una realidad.

 

Sobre los DDHH 1

Me he propuesto repasar algunos artículos de manera independiente, y otros en bloques, para retomar un tema (el de los DDHH) pero del que muchas veces no somos plenamente conscientes de su relevancia moral y jurídica en la vida diaria.

Se consultó con cientos de especialistas de forma directa a la hora de redactar el texto final, de todos los ámbitos y procedencias, pero indudablemente había un peso muy grande del pensamiento occidental, y de las culturas marcadas por el cristianismo, además de aquellos países que habían adoptado el marxismo como línea predominante.

Y para hacerlo con un orden, vamos a empezar por el principio:

Artículo 1.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 2.

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Estos primeros dos artículos son el marco para el resto y ponen ya algunos términos que no siempre están claros, máxime después de los casi 70 años que tiene esta Declaración Universal (el próximo 10 de diciembre se conmemorará), en nuestra boca y oídos: Dignidad, Persona, y Derechos.  Y son 3 conceptos fundamentales para entender los artículos que sigan.

De la substancia individual de naturaleza racional de Boecio, apasando por el sujeto fin en sí mismo de Kant, a ese ser humano libre, comunitario y con una dignidad inalienable, ha trascurrido la historia de la filosofía, pero estas dos últimas acepciones tuvieron un peso fundamental a través de pensadores consultados en el proceso como Emmanuel Mounier.

Pero, ¿qué es eso de la dignidad? Es la cualidad que confiere la obligación de respetar íntegramente a quien la posee; no se puede perder, es inherente, y además obliga moral y jurídicamente. Somos sujetos de derecho, porque somos dignos. Por ello es fundamental que se entienda este concepto, para comprender lo importante de esta Declaración. Y en ella misma radica uno de sus grandes problemas; nadie consultó a los representantes de las tres cuartas partes de la humanidad si estaban de acuerdo en esa idea.

 

 

Sacrificio en tiempos hedonistas

Los tiempos que corren, no los del calendario sino los de la época, este milenialismo preapocalíptico, está lleno de un hedonismo, gusto por el disfrute y desarrollo de las pasiones, que poco tiene que ver con ideas como la de sacrificio.

No creo en el sacrificio que le pedimos a niñas y niños en las escuelas, para señalarles la senda del trabajo esforzado, ni al de los que han pasado del jogging al running sin ninguna perspectiva deportiva, sino al sacrificio que puede llegar a costar la vida, el de la entrega por un servicio a los demás o por un bien mayor.

El cristianismo conmemora en estas fechas la muerte de Jesús de Nazareth, el sacrificio del cordero para el perdón de los pecados. La Pascua es el tránsito que lleva de la fiesta al calvario. Pero hay muchos otros sacrificios a diario. Estos días pasados, en Francia, Arnaud Beltrame, teniente coronel de la Gendarmerie, falleció en un ataque terrorista a un supermercado. Se intercambió por la última rehén y tras dos horas y media con el atacante, cayó abatido a tiros y cuchilladas.

Este tipo de situaciones parecieran haberse visto reducidas a las series o a las películas, pero en realidad suceden de manera continua y silenciosa. La huida sin descanso de madres y padres desde lugares en conflicto como Siria, para llevar a sus hijas e hijos a un lugar seguro; madres cruzando a nado embarazadas el estrecho de Gibraltar, personas salvando a otras de morir ahogadas en el Mediterraneo a riesgo de morir ellas,… son parte de la realidad y la presencia del sacrificio presente en nuestro mundo.

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La vida es el valor máximo que el ser humano como especie reconoce en lo que llamamos “persona”, y que filosóficamente tiene una entidad fundamental en el desarrollo de lo que entendemos como Derechos Humanos. Llevar nuestra vida al punto máximo de riesgo por la vida de otros, la capacidad de poner entre paréntesis nuestra pervivencia para garantizar la de otras, es lo que paradójicamente nos lleva a uno de los momentos críticos y máximos de ser persona.

Algunos ven en ello la razón, la muestra de la existencia de Dios. Yo creo que dicha existencia es indemostrable, pero indudablemente la idea de sacrificio, o mejor, el hecho concreto del sacrificio es lo que más cerca nos coloca de lo incomprensible, de lo indemostrable, de lo indeterminado.

Universo Marvel 2ª parte

En mi anterior post (ya saben que pre-radiofónico) hablaba sobre Batman, en ese otro universo del cómic que es el de DC. Marvel ha seguido una deriva parecida al comenzar a cuestionarse los daños colaterales que se generan por las acciones de los héroes, y de la misma manera que Batman visualiza esos daños ocasionados por Superman, Ironman hace lo propioi con los ocasionados por el mismo y los Avengers.

Pero fuera de ese grupo (al menos hasta ahora) se encuentra un personaje muy particular porque quizás se trate de uno de los anti-héroes más claros de los últimos tiempos. Deadpool es un personaje que se puede calificar de “gamberro”, está fuera de muchas de las reglas de lo políticamente correcto, es la antítesis de Capitán América, siempre tan “responsable” y dedicado al “bien” y al “orden”. Siempre se sitúa en los márgenes de lo aceptado como correcto, y siempre va a actuar desde unos parámetros que para muchos lo sitúan entre los “malos”.

photo5850429980905942612En principio debería situarse entre los X-Men, ese universo paralelo de Marvel que corre con su propia historia de mutantes marginados de la sociedad, pero su imposibilidad para ceñirse a unas normas concretas le dejan al margen de la escuela del Dr. Xabier. Y esa marginalidad nos permite abordar el tema de si su forma de actuar es responsable o no lo es.

Hay otra caracterísitica del personaje que lo hace muy especial, y es su comunicación directa con nosotras, rompe contínuamente con la cuarta pared, cosa que nos coloca en una relación muy especial con él. Nos implica en sus acciones, y de hecho es muy meticuloso a la hora de explicar su historia, y de explicar sus razones. Y su relación con el mal, con aquellos que actúan mal, irresponsablemente, es desde la comicidad, una forma de actuar responsable con su entorno.

Quizás lo más interesante sería preguntarse (y dejo la pregunta abierta esperando vuestras respuestas y reflexiones) si la responsabilidad es algo que parte de nosotros o que nos viene marcada por otros o por la sociedad.

Qué nos hace seres humanos?

Los avances tecnocientíficos nos han traído el genoma humano para que se convierta en la clave para determinar la clave determinante para resolver la pregunta inicial: tener una determinada combinación.

Pero como suele pasar con la ciencia, esta tesis rápidamente se convertirá en obsoleta por nuevos descubrimientos. Y además no responde a cuestiones fundamentales:

  1. Cómo se produjo el cambio entre las x especies y lo que hoy somos a nivel genético, que provocara la aparición de un lenguaje como el nuestro, un desarrollo cognitivo como el nuestro.
  2. Qué abandonamos en el proceso del cambio para convertirnos en lo que somos
  3. Qué seremos cuando dentro de un tiempo se produzcan inevitables cambios genéticos en nuestra especie

Los descubrimientos sobre nuestros orígenes y ancestros suponen una muestra tan reducida, que sacar continuamente conclusiones se ha convertido en una costumbre. En los 35 años que puedo contemplar hacia atrás en mi historia personal las transformaciones en las “teorías” sobre nuestros orígenes han sido brutales, qué decir si incluyera 2 generaciones hacia atrás.

La prudencia en ciencia no es frecuente si hablamos de responder a nuestro origen y creo que es porque el ansia de sustituir las respuestas mitologico-religiosas ha superado al propio interés del método científico. Así que debe ser labor de la Antropología y la Filosofía combinadas responder a estas preguntas yendo más allá del mero hecho contrastable.

De dioses y humanos: universo Marvel 1ª parte

El gran mito de la Modernidad, ese periodo que coincide con lo que se ha llamado Época de las Luces, la Ilustración, es el de que la Ciencia podría hacernos libres y absolutos conocedores del Universo, y por tanto dotados de un poder cada vez mayor. El ser humano contínuamente enfrentado a esa imagen de los dioses griegos, tan cercanos que podíamos tocarlos e incluso mezclarnos con ellas y ellos, pero a la vez con unos poderes infinitos.

Así, el siglo XX, con sus miedos a la destrucción total y a los enemigos que surjen tras cada esquina, introdujo esa situación en sus comics y Marvel apostó por la Ciencia como gran aliada y a la vez potencialmente enemiga. En el camino de darnos héroes que admirar se introdujo una variada colección de personas (hombres la gran mayoría) que o bien resultaban potenciados accidental (Spiderman, Ant-Man) o interesadamente (Hulk), pero que ponían sus poderes al servicio de la gente frente al mal, encarnado en similares malvados, que intencionada o accidentalmente adquirían unos poderes, siempre provenientes de investigaciones científicas.

Los dos personajes que se salen de esa norma son Iron Man y Thor. El primero porque es un hombre potenciado tecnológicamente, es el resultado de un corazón biónico y una armadura como si fuera un Mazinger Z tamaño natural. El segundo es un Dios, de una cultura que tradicionalmente ha generado mucho interés en la cultura anglosajona, la nórdica. Ambos van a servir de contrapunto al personaje estandarte de Marvel, Capitán América.

Este soldado enclenque es convertido en un superhombre dotado de múltiples poderes que le permiten cumplir su misión; luchar por el mundo libre contra los malvados que pretenden sojuzgarlo. Es un Prometeo moderno, que ha adquirido no solo los colores del país cuyos valores encarna, sino los poderes que tanto deseaban los humanos de la Grecia antigua ante sus dioses; unos poderes que les permitieran el asalto al Olimpo. Igual que Nietzsche declaró la muerte de Dios, Marvel se encargó de presentarnos que era posible para la humanidad sustituir a aquel gracias a la Ciencia, y un poco de ayuda de la magia robada a los mismos dioses.

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¿En quién pensamos cuando hablamos de vientres de alquiler?

Artículo en El Salto

Carmen Ibarlucea y yo nos estrenamos, además juntos, en El Salto, que es una nueva experiencia cooperativa con ganas de informar, impulsada por el periódico Diagonal y más de 20 proyectos comunicativos de todo el Estado para lanzar un nuevo medio con más recursos y dirigido a un público amplio.

El valor de una vida humana

No hace mucho tiempo vi la película “Good Kill”, que por primera vez ponía el acegoodkillnto sobre esa nueva forma de matar que nos permiten los drones; a distancia, como en un videojuego, pero en primera persona. Se centraba mucho en los problemas personales, no quedaba muy claro si de conciencia, del oficial protagonista de la películaeyeinthesky.jpg. Realmente no te das cuenta del punto de vista siempre individualista que le confieren a las películas en USA, hasta que no ves el mismo tema tratado desde el otro lado del Atlántico. Igualmente anglosajones, aparentemente forjados por la misma ética protestante de Hume, Mill o Weber, pero siempre con un carácter mucho más personal. “Eye in the Sky” es casi una obra de teatro con 6 escenarios simultáneos, coordinados por la tecnología que nos permite vernos y oírnos en tiempo real, igual que podemos asesinar en tiempo real y en primera persona sentados con un café o un té con pastas.

La última frase de la película es también la última frase que Alan Rickman nos dejó en el cine:

“Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra”

Tres objetivos prioritarios de la facción somalí de ISIS se encuentran reunidos en una casa del barrio de refugiados somalíes de Nairobi preparándose para un ataque suicida; desde el centro de mando del ejército y el del gobierno británicos, la base de operaciones de drones en Texas y de la inteligencia de USA en Hawai, y del ejército keniata en Nairobi se monitoriza el ataque desde un dron para abatirlos. El problema surge con la presencia en el área de alcance del ataque de una niña que vende pan.

El valor de la vida humana es el epicentro de todo, y girando al rededor se encuentran la responsabilidad sobre las decisiones, la responsabilidad de gobierno, la aplicación “contable” que significa la estimación de daños colaterales, y varias temáticas más habituales en la ética.

Siempre me he preguntado si al valor de la vida de una persona es posible aplicarle operaciones aritméticas. Si una vida vale mucho, ¿cuanto vales tres?¿Mil?¿Un millón? Y si una es incalculable, ¿podemos atrevernos a poner por delante la vida de ochenta frente a la de una? Pero ese es el problema más evidente del que trata esta película. Detrás se encuentra el dilema de la violencia, y de la legalidad de la muerte en estado de guerra. En la comparativa de estos dos títulos de los que hablo, hay algo que podemos sacar en claro a primera vista; o en las películas norteamericanas nos engañan simplificando las historias al máximo, o la práctica en la toma de decisiones en el país más poderoso de la Tierra no se sustenta más que en las de una sola persona. En la cinta inglesa se puede observar un complejo entramado político, legal y militar que precisa que entre ellos haya acuerdo, teniendo la decisión última el responsable del ejecutivo. Pero aún así las decisiones están basadas en los efectos cuantificables que se generen; muertos, imagen pública, efectividad,…

Esa frase del final, parece dejar la puerta abierta para salvar el “honor” cuestionado de un militar que mata desde una silla a miles de kilómetros sin riesgo para su vida. Pero más bien creo que es la muestra de esa imposibilidad para justificar sus actos amparado en una mística militar cada vez más difícil de defender. En la lógica de la guerra tradicional, la que se termina con Vietnam, las muertes de uno y otro lado se consideran “legales”, producidas en el proceso de una guerra. Pero poco a poco, durante los años 70 y 80 se fue generando una transformación de esa lógica, hacia una en la que la guerra es siempre defensiva, lo que convierte al otro en terrorista, y por tanto “mis” muertos siempre son asesinatos cometidos por el oponente. A dicha transformación, ha venido a sumarse la mezcla de distancia y efectividad que aportan las nuevas tecnologías. Bombardear Dresde y matar a miles indiscriminadamente no tenía más justificación que “terminar cuanto antes la guerra”; lo mismo con Hiroshima y Nagashaki. Ahora podemos matar a una persona con pocos “daños colaterales” con una certeza casi total; ¿cuantas veces se habrán preguntado como hubiera sido poseer esta tecnología y poder matar a Hitler desde un despacho de Londres?

Al final, cada uno carga con sus culpas, sí, pero los muertos son vidas concluidas para siempre. Creación, fabricación y comercio de armas son el mayor delito de lesa humanidad que existe. Si realmente queremos afrontar la culpa y nos creemos capaces y legitimados para matar, que sea mirando a los ojos y con nuestras propias manos.