Moral, Ley Natural y Tracendencia

Anteayer, Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Mérida, publicaba en El Periódico de Extremadura un artículo a raíz de los estudios científicos que hablan del origen fisiológico y por tanto también en el tiempo, origen primate, de nuestra moral y nuestra ética.

Termina dicho artículo con el siguiente párrafo:

Una conclusión de todo esto es que resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos (o por neurocirugía), o por una reflexión frente a la jaula de los primates. Además, esta imposibilidad es lógica, no fáctica. Por lo que es insuperable, y tan inmortal como lo son los dioses. Pero creo que insinuar la necesidad racional de lo trascendente como condición de la moral es más de lo que podría soportar un primatólogo materialista. Lo dejamos, pues, para otra ocasión.

Creo que el concepto de Naturaleza, en la acepción que nos lleva a pensar en la existencia de una Ley Natural, debemos extirparlo de nuestro vocabulario, con el fin de progresar en el camino por un lado de asumir nuestra parte biológica con todas sus consecuencias, pero también para poder aceptar que una persona humana tiene la capacidad de trascendencia, sino la necesidad. Y todo ello ayudaría de paso a que asumiéramos a nuestras hermanas no humanas dentro los criterios de convivencia que nuestro planeta demanda.

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Ni belicistas ni monárquicos

Ni es monárquico ni es belicista. Es un juego sí, un juego donde dos personas van a intentar conocer a su oponente. Ni matar, ni comer, sino tomar. Cuando el bosque oculta la realidad no hay como un estólido para regodearse en la estulticia general. El ajedrez es un juego en el que cada persona pone en juego su propio Yo, y se enfrenta a una relación personal con otro, y en ese proceso ponen en marcha todas sus herramientas relacionales para conseguir el objetivo final; apartar todos los obstáculos y conocer lo mejor posible a su oponente. Fijarlo, conseguir inmovilizar el yo de la otra persona y conocerla mejor tras desvestirla.

Las denominaciones, las formas, son ese bosque que al necio le ocultan la realidad de lo que representa ese juego. Una representación mucho más allá de las obligaciones que las piezas mantienen con la Historia. Cosa que el tablero ya consiguió liberar. Los escaques son la representación figurada del territorio en el que nos movemos; en lo bidimensional viene a figurar la esencia tridimensional con sus proporciones, haciendo un paralelismo con la realidad en la que siempre falta aparentemente una dimensión, el tiempo. Aquellos que jugamos con frecuencia nos hemos hecho al uso de un tiempo marcado, no por masoquismo, prisas o falta de paciencia. La vida tiene un transcurso, una duración determinada, y las relaciones personales se ven constreñidas a ese corsé más o menos comprimido, más o menos extendido. Es por ello que se ha confundido la agudeza mental provocada por el juego frecuente, como si fuera un progreso en la inteligencia o en la lógica del individuo, cuando en realidad se trata de una mayor habilidad en comprender lo que la persona que nos habla quiere transmitir, sus argumentaciones, su estrategia comunicativa. La habilidad espacio-temporal en la comprensión del otro es vital en el proceso de personalización, pero también lo ha sido en nuestro proceso de humanización. Nos hemos hecho más y más personas a medida que hemos desarrollado la habilidad de comprender el juego y representación de aquellas a las que tenemos delante.

Es la misma lógica interna a la música. Se trata de mecanismos de representación auditiva que provocan reacciones diferentes en cada una. Es como una cinta transportadora, la secuenciación que acompaña a nuestros procesos mentales y arrastra pensamiento, lenguaje y acción. Los juegos, sobretodo los juegos simples de dos jugadores permiten una aproximación de ambas secuenciaciones, de una superposición temporal de ambas “músicas” que como si de una danza coordinada se tratara, y que nos permitiera contemplar al otro de una manera sintonizada. Los juegos que analizó la matemática moderna, y como consecuencia la economía de mercado, a raíz de los estudios de Nash, son de 3 o más jugadores, y no implican los mismos procesos, sino la sincronía y armonización de las acciones, permitiendo la predictibilidad de las mismas. No se trata de la relación biunívoca de dos almas, mentes y espíritus, sino la armonización de las decisiones e interrelaciones de cuerpos y mentes; no nos centramos en el “entre” sino en la proyección y las consecuencias.

Las piezas de nuestro juego, de nuestra representación teatral podrían estar vestidas como lo están de monarquía y belicismo, como podrían estarlo como los personajes de Loonie Tunes, Star Trek o Star Wars. Es lo mismo Casa de Muñecas, La Escalera, Esperando a Godot, El alcalde de Zalamea o Romeo y Julieta; se trata de representar a la realidad con diferentes personajes, que en realidad son el medio por el que un autor “juega” con el público. Se trata de una representación de nuestras herramientas, de nuestras vías de aproximación al otro, y con ellas nos arropamos, nos encubrimos, nos develamos o desvelamos al otro. Paso a paso nos vamos acercando al centro de nuestro oponente y a su vez él al nuestro. Es un baile de máscaras que caen y que finalmente terminan por detener a uno de ellos. Y es en el proceso por el que nos reconocemos, tanto nosotras mismas como el otro. Y claro está, puede suceder que no lleguemos a desvelar más que algunas trazas, y que todo quede en un aplazamiento. Pero ni hay muertes, ni violencia ni derrocar reyes o reinas; simplemente personas en busca de sentido y de re-conocimiento.

El valor de una vida humana

No hace mucho tiempo vi la película “Good Kill”, que por primera vez ponía el acegoodkillnto sobre esa nueva forma de matar que nos permiten los drones; a distancia, como en un videojuego, pero en primera persona. Se centraba mucho en los problemas personales, no quedaba muy claro si de conciencia, del oficial protagonista de la películaeyeinthesky.jpg. Realmente no te das cuenta del punto de vista siempre individualista que le confieren a las películas en USA, hasta que no ves el mismo tema tratado desde el otro lado del Atlántico. Igualmente anglosajones, aparentemente forjados por la misma ética protestante de Hume, Mill o Weber, pero siempre con un carácter mucho más personal. “Eye in the Sky” es casi una obra de teatro con 6 escenarios simultáneos, coordinados por la tecnología que nos permite vernos y oírnos en tiempo real, igual que podemos asesinar en tiempo real y en primera persona sentados con un café o un té con pastas.

La última frase de la película es también la última frase que Alan Rickman nos dejó en el cine:

“Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra”

Tres objetivos prioritarios de la facción somalí de ISIS se encuentran reunidos en una casa del barrio de refugiados somalíes de Nairobi preparándose para un ataque suicida; desde el centro de mando del ejército y el del gobierno británicos, la base de operaciones de drones en Texas y de la inteligencia de USA en Hawai, y del ejército keniata en Nairobi se monitoriza el ataque desde un dron para abatirlos. El problema surge con la presencia en el área de alcance del ataque de una niña que vende pan.

El valor de la vida humana es el epicentro de todo, y girando al rededor se encuentran la responsabilidad sobre las decisiones, la responsabilidad de gobierno, la aplicación “contable” que significa la estimación de daños colaterales, y varias temáticas más habituales en la ética.

Siempre me he preguntado si al valor de la vida de una persona es posible aplicarle operaciones aritméticas. Si una vida vale mucho, ¿cuanto vales tres?¿Mil?¿Un millón? Y si una es incalculable, ¿podemos atrevernos a poner por delante la vida de ochenta frente a la de una? Pero ese es el problema más evidente del que trata esta película. Detrás se encuentra el dilema de la violencia, y de la legalidad de la muerte en estado de guerra. En la comparativa de estos dos títulos de los que hablo, hay algo que podemos sacar en claro a primera vista; o en las películas norteamericanas nos engañan simplificando las historias al máximo, o la práctica en la toma de decisiones en el país más poderoso de la Tierra no se sustenta más que en las de una sola persona. En la cinta inglesa se puede observar un complejo entramado político, legal y militar que precisa que entre ellos haya acuerdo, teniendo la decisión última el responsable del ejecutivo. Pero aún así las decisiones están basadas en los efectos cuantificables que se generen; muertos, imagen pública, efectividad,…

Esa frase del final, parece dejar la puerta abierta para salvar el “honor” cuestionado de un militar que mata desde una silla a miles de kilómetros sin riesgo para su vida. Pero más bien creo que es la muestra de esa imposibilidad para justificar sus actos amparado en una mística militar cada vez más difícil de defender. En la lógica de la guerra tradicional, la que se termina con Vietnam, las muertes de uno y otro lado se consideran “legales”, producidas en el proceso de una guerra. Pero poco a poco, durante los años 70 y 80 se fue generando una transformación de esa lógica, hacia una en la que la guerra es siempre defensiva, lo que convierte al otro en terrorista, y por tanto “mis” muertos siempre son asesinatos cometidos por el oponente. A dicha transformación, ha venido a sumarse la mezcla de distancia y efectividad que aportan las nuevas tecnologías. Bombardear Dresde y matar a miles indiscriminadamente no tenía más justificación que “terminar cuanto antes la guerra”; lo mismo con Hiroshima y Nagashaki. Ahora podemos matar a una persona con pocos “daños colaterales” con una certeza casi total; ¿cuantas veces se habrán preguntado como hubiera sido poseer esta tecnología y poder matar a Hitler desde un despacho de Londres?

Al final, cada uno carga con sus culpas, sí, pero los muertos son vidas concluidas para siempre. Creación, fabricación y comercio de armas son el mayor delito de lesa humanidad que existe. Si realmente queremos afrontar la culpa y nos creemos capaces y legitimados para matar, que sea mirando a los ojos y con nuestras propias manos.