Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad 2/2

Pues sí, estos tres elementos fundamentales y básicos de la Declaración de 1948, son el resúmen de lo que luego se van a llamar los derechos de primera, segunda y tercera generación. Ya hablamos del que fundamenta los de primera generación o fundamentales.

Ahora nos toca hablar de estos otros, reflejo de la evolución en el pensamiento en los siglos XIX y XX respectivamente.

La libertad es de esas cuestiones que siempre se abordan como un tema irresoluble o que causa conflicto, ya que se trata de uno de los conceptos fundantes del ser humano, de la persona, para muchas tradiciones, pero no para todas. Y además, es un elemento complejo en las relaciones entre personas al ser clave en la delimitación de las posibilidades de actuación. Y en ese sentido, respetar el derecho a la libertad en sentido general, tiende a referirse a la libertad de acción, ya que muchos de los otros derechos de segunda generación son realmente un desarrollo de este; comunicación, circulación, pensamiento, etc…

Y la seguridad es el que ha venido a convertirse en la estrella de los derechos de tercera generación, o aquellos que comienzan a ser reconocidos durante  el siglo XX, y más específicamente sólo después de la Declaración de Naciones Unidas. Es el elemento fundamental del pensamiento moderno, que tras la ilustración, y superada la reclamación de los derechos fundamentales y los de libertades, consideró que el derecho a la seguridad aportaba la salvaguardia necesaria al resto de derechos.

Desde mi punto de vista se ha confundido la libertad con la acción humana, dejando de lado que la propia libertad no es otra cosa que otra acción, la de liberación. En una sociedad contractual como la nuestra, hija directa del contrato social, lo que necesitamos que se nos reconozca es el derecho a liberarnos, no a ser libres. Pero por lo mismo, el derecho a la seguridad es precisamente el corset que viene a cerrar el paso de esa liberación, sirviendo de cerrojo que encierra los miedos del ser humano al otro.

El camino desde el lema de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, se ha convertido en Libertad, Igualdad y Seguridad. Estados sólidos, sociedades tranquilas y todo bien asegurado por la cuenta bancaria.

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Art 3 DDHH: Vida, Libertad y Seguridad. 1/2

Sí, este artículo merece solo él al menos dos entradas, dos programas. En este vamos a centrarnos en la vida, derecho fundamental como ningún otro, y sin el que los demás son papel mojado, arena entre los dedos, simple declaración de intenciones.

Y sugen dos problemas con este derecho imprescindible. Uno es la imposibilidad de convertirlo en un elemento tan fundamenatal y básico que todo el mundo cumpla. El otro viene de este primero, y es el cuidado extremo que debemos poner a la hora de legislar sobre él.

Artículo 3.

Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Como vemos el texto diferencia ya ese gran matiz que existe entre los conceptos de individuo y de persona. El individuo hace referencia al elemento social, al proceso de especificación que sufrimos al desarrollarnos, eso que llamamos proceso de personalización, que lleva dentro un proceso de diferenciación, de individuación: Somos iguales pero distintos. Y es cada uno de esos individuos quien tiene derecho a .. la vida en este caso, por el hecho de ser persona, de esa dignidad que no podemos perder, que no la perdemos aunque queramos y actuemos de forma “inhumana”.

Estaba claro que había que partir por reconocerle este derecho a la vida a todo individuo en la sociedad para que pudieramos avanzar en reconocerle otros, ya que sin este no hay nada más. Pero reconocer un derecho, no es que efectivamente no se conculque. El problema aquí, es que cuando se conculca, el individuo desaparece, la persona muere. Otros derechos al no ser efectivos pueden conllevar esta consecuencia final, pero en este caso la relación es directa e inmediata.

¿Cuándo, en qué circunstancias, podemos afirmar que no es efectivo este derecho? La muerte de alguien a manos de otro. El resto de circunstancias es cuestionable, pero esta no lo es. Cualquier medio que podamos plantear que acaba con la vida de otro ser humano, de otra persona, entra en este contexto. Y si bien todo parece muy claro, existe una circunstancia especial, la de los non-natos. Y aquí no voy a contentar a nadie, lo sé de antemano, pero desgraciadamente es lo que considero que tenemos entre manos, un dilema irresoluble. Irresoluble de manera satisfactoria para todas las personas que se lo plantean.

La existencia de la muerte, del asesinato, es algo que no se puede “prohibir”, no existe un modo en el que se respete la libertad humana y a la vez impida definitivamente la muerte de una persona a manos de otra; a parte de que exista la enfermedad mental, existen muchas circunstancias que llevan al punto de la enajenación. Pero la existencia de los ejércitos presupone la existencia organizada y premeditada con el fin de matar a otra persona, aun en el supuesto de la defensa propia, aplicable a lo personal y a lo social. Como sociedad no hemos hecho nada para acabar con los ejércitos o para acabar con la fabricación de armas. Hemos fracasado desde 1948, al menos desde entonces, como humanidad, como colectivo, en el objetivo de reducir y eliminar el mayor motivo de muerte, las guerras.

Ciertamente hemos puesto ciertas dificultades, pero somos muy comprensivos, aceptamos con mucha facilidad la existencia de ejércitos y la de las armas, el concepto de defensa propia es el argumento estrella para evitar reconocer la importancia y necesidad de llevar a cabo este objetivo. Pero hemos puesto mucho esfuerzo en dificultar o eliminar la posibilidad de matar al indefenso.

Por mucho que la ciencia se empeñe no hemos conseguido ponernos de acuerdo en el momento a partir del cual una persona es tal cosa y no otra. A mi parecer, la mera posibilidad de que un cúmulo de organismos en evolución genere la existencia de una persona, ya es suficiente. Otras disquisiciones solo sirven para atenuar las posibles consecuencias que todas sabemos conlleva, y que no queremos admitir con facilidad. La cuestión es que mientras no seamos capaces de reducir al máximo las circunstancias que llevan a muchas personas a decidir abortar un proceso vital, primero no debemos criminalizarlo, y segundo no creo que debamos impedirlo dentro de unas determinadas normas. Y esto, desde mi punto de vista es terrible, pero tan terrible como tener ejércitos, o dejar morir de hambre a miles cada día sin cambiar nada nuestros hábitos. Ni más, ni menos.

Por tanto, la persona es un fin en sí mismo, está dotada de una dignidad que implica unos derechos, pero ya en el derecho fundamental debemos comenzar a transar, a negociar, porque hemos sido incapaces de hacerlo una realidad.

 

Sobre los DDHH 1

Me he propuesto repasar algunos artículos de manera independiente, y otros en bloques, para retomar un tema (el de los DDHH) pero del que muchas veces no somos plenamente conscientes de su relevancia moral y jurídica en la vida diaria.

Se consultó con cientos de especialistas de forma directa a la hora de redactar el texto final, de todos los ámbitos y procedencias, pero indudablemente había un peso muy grande del pensamiento occidental, y de las culturas marcadas por el cristianismo, además de aquellos países que habían adoptado el marxismo como línea predominante.

Y para hacerlo con un orden, vamos a empezar por el principio:

Artículo 1.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 2.

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Estos primeros dos artículos son el marco para el resto y ponen ya algunos términos que no siempre están claros, máxime después de los casi 70 años que tiene esta Declaración Universal (el próximo 10 de diciembre se conmemorará), en nuestra boca y oídos: Dignidad, Persona, y Derechos.  Y son 3 conceptos fundamentales para entender los artículos que sigan.

De la substancia individual de naturaleza racional de Boecio, apasando por el sujeto fin en sí mismo de Kant, a ese ser humano libre, comunitario y con una dignidad inalienable, ha trascurrido la historia de la filosofía, pero estas dos últimas acepciones tuvieron un peso fundamental a través de pensadores consultados en el proceso como Emmanuel Mounier.

Pero, ¿qué es eso de la dignidad? Es la cualidad que confiere la obligación de respetar íntegramente a quien la posee; no se puede perder, es inherente, y además obliga moral y jurídicamente. Somos sujetos de derecho, porque somos dignos. Por ello es fundamental que se entienda este concepto, para comprender lo importante de esta Declaración. Y en ella misma radica uno de sus grandes problemas; nadie consultó a los representantes de las tres cuartas partes de la humanidad si estaban de acuerdo en esa idea.

 

 

Sacrificio en tiempos hedonistas

Los tiempos que corren, no los del calendario sino los de la época, este milenialismo preapocalíptico, está lleno de un hedonismo, gusto por el disfrute y desarrollo de las pasiones, que poco tiene que ver con ideas como la de sacrificio.

No creo en el sacrificio que le pedimos a niñas y niños en las escuelas, para señalarles la senda del trabajo esforzado, ni al de los que han pasado del jogging al running sin ninguna perspectiva deportiva, sino al sacrificio que puede llegar a costar la vida, el de la entrega por un servicio a los demás o por un bien mayor.

El cristianismo conmemora en estas fechas la muerte de Jesús de Nazareth, el sacrificio del cordero para el perdón de los pecados. La Pascua es el tránsito que lleva de la fiesta al calvario. Pero hay muchos otros sacrificios a diario. Estos días pasados, en Francia, Arnaud Beltrame, teniente coronel de la Gendarmerie, falleció en un ataque terrorista a un supermercado. Se intercambió por la última rehén y tras dos horas y media con el atacante, cayó abatido a tiros y cuchilladas.

Este tipo de situaciones parecieran haberse visto reducidas a las series o a las películas, pero en realidad suceden de manera continua y silenciosa. La huida sin descanso de madres y padres desde lugares en conflicto como Siria, para llevar a sus hijas e hijos a un lugar seguro; madres cruzando a nado embarazadas el estrecho de Gibraltar, personas salvando a otras de morir ahogadas en el Mediterraneo a riesgo de morir ellas,… son parte de la realidad y la presencia del sacrificio presente en nuestro mundo.

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La vida es el valor máximo que el ser humano como especie reconoce en lo que llamamos “persona”, y que filosóficamente tiene una entidad fundamental en el desarrollo de lo que entendemos como Derechos Humanos. Llevar nuestra vida al punto máximo de riesgo por la vida de otros, la capacidad de poner entre paréntesis nuestra pervivencia para garantizar la de otras, es lo que paradójicamente nos lleva a uno de los momentos críticos y máximos de ser persona.

Algunos ven en ello la razón, la muestra de la existencia de Dios. Yo creo que dicha existencia es indemostrable, pero indudablemente la idea de sacrificio, o mejor, el hecho concreto del sacrificio es lo que más cerca nos coloca de lo incomprensible, de lo indemostrable, de lo indeterminado.

Universo DC 2ª parte: La culpa

La culpa es de esos temas que resultan complejos de tratar desde la filosofía, porque además tenemos un confuso concepto de ella, mezclado entre el derecho y la religión católica.

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Ese gran peso que arrastramos por lo que hicimos, o el resultado de un proceso judicial que nos carga con un delito o falta, es una cuestión que nos ha preocupado mucho, y que además no sólo es personal, sino que también puede recaer sobre una comunidad; vease el caso de Alemania tras los horrores del nazismo.

En el mundo del comic se ha puesto de moda últimamente que aparezca la culpa en unos personajes que normalmente nos llevaban por caminos ausentes de ella. El comic ha resultado bastante efectivo en transmitir una idea muy peligrosa de la violencia; que cuando se ejerce por parte de los “buenos”, no existen daños colaterales. Hemos crecido junto a héroes que podían utilizar armas o vehículos en plena ciudad y no causar el más mínimo daño.

Y eso empezó a cambiar primero con las circunstancias personales de algunos personajes. Por ejemplo, Batman, que crece envuelto en la culpa y la rabia, y que se desarrolla como un alter ego de un millonario despreocupado y falto de criterio y valores. Pero es en estos últimos tiempos, y de la confrontación con Superman que se revela a través de sus ojos un cambio trascendental; ve el dolor y el sufrimiento causados por la despreocupación del héroe.

De pronto el mundo se torna imposible de gestionar para quien busca justicia, porque no se puede ser justo sin causar daño, y eso inmoviliza y frustra. Es fácil volcar esa frustración sobre el aparentemente despreocupado Superman. El mundo va a matar a Dios, como chivo expiatorio perfecto.

Bruce Wein y Batman se encuentran definitivamente en la encrucijada de no tener claro los límites del bien y del mal. DC nos pone ante la necesidad de buscar alternativas; o asumimos que no todo se soluciona matando al héroe, o nos enfrentamos a que solos no vamos a ser capaces de llevar la justicia a cada rincón. La primera solución, es buscar ayuda, y no afrontar el reto solos; el resto es difícil saber hacia donde irá. Pero el universo Marvel lo analiza de forma diferente, menos existencial, más pragmáticamente. Eso lo veremos la semana que viene.

Qué nos hace seres humanos?

Los avances tecnocientíficos nos han traído el genoma humano para que se convierta en la clave para determinar la clave determinante para resolver la pregunta inicial: tener una determinada combinación.

Pero como suele pasar con la ciencia, esta tesis rápidamente se convertirá en obsoleta por nuevos descubrimientos. Y además no responde a cuestiones fundamentales:

  1. Cómo se produjo el cambio entre las x especies y lo que hoy somos a nivel genético, que provocara la aparición de un lenguaje como el nuestro, un desarrollo cognitivo como el nuestro.
  2. Qué abandonamos en el proceso del cambio para convertirnos en lo que somos
  3. Qué seremos cuando dentro de un tiempo se produzcan inevitables cambios genéticos en nuestra especie

Los descubrimientos sobre nuestros orígenes y ancestros suponen una muestra tan reducida, que sacar continuamente conclusiones se ha convertido en una costumbre. En los 35 años que puedo contemplar hacia atrás en mi historia personal las transformaciones en las “teorías” sobre nuestros orígenes han sido brutales, qué decir si incluyera 2 generaciones hacia atrás.

La prudencia en ciencia no es frecuente si hablamos de responder a nuestro origen y creo que es porque el ansia de sustituir las respuestas mitologico-religiosas ha superado al propio interés del método científico. Así que debe ser labor de la Antropología y la Filosofía combinadas responder a estas preguntas yendo más allá del mero hecho contrastable.

Iglesia y Estado

Llevo dos meses reflexionando sobre el concepto de lo común y como lo relacionamos con lo público, lo estatal y lo privado a la hora de nuestra comunicación habitual.

He de reconocer que no es sencillo hacerlo con el caso complejo de la Iglesia en su relación con el Estado en lo que se refiere en especial al caso español, que quizás se puede extender a muchos otros del occidente católico. El cristianismo es la fuente de la que surge la mayor parte del pensamiento occidental sobre lo común, ya que la idea de comunidad, de fraternidad y por tanto de uso y reparto de lo que tenemos a nuestro alcance proviene de la interpretación del Sermón de la Montaña y de lo que debió ser una consecuencia, la multiplicación de panes y peces. El pensamiento anarquista a través de aquellos que durante siglos reflexionaron sobre esto, llegaron a la conclusión de que la propiedad era la clave maestra de la construcción del sistema de exclusión que combinaba lo material, espiritual y familiar que ha llegado a nuestros días como el liberalismo capitalista.

La Iglesia como organización social y religiosa contiene todas las incongruencias posibles en su seno. Predica la pobreza (que algunos podrían denominar como decrecimiento o austeridad) y que todas las personas somos hermanas (somos iguales y con los mismos derechos). Pero a su vez exhibe el oro y los signos de poder de que dispone; tesoros culturales, sociales y artísticos. Esos que muchos piden que sean vendidos para que esa riqueza pase a ser repartida.

Se confunde la propiedad con la custodia, y el valor con el precio. Efectivamente todo ese poder (no el político ni el espiritual) debería ser común, pertenecer a la comunidad y poder disfrutar de él, sin que fuera signo de sometimiento sino de la grandeza del espíritu y el hacer humano. No debería ser de propiedad estatal, ni privada, por eso no debe ser vendido, ya que su valor es algo que solemos referir como incalculable. Nos pertenece como especie, como comunidad, y no debería pasar a formar parte del mercado que asigna precio a lo que no lo tiene.

Pero ciertamente debería darse el paso que implica el reconocimiento de que no es objeto de propiedad, sino usufructo de la comunidad de las personas que pueblan el planeta. De la misma forma que ya se ha dado el paso para aclarar las consecuencias de lo que en el Génesis significa nuestro entorno gracias a la encíclica Lautato si, donde nuestra casa, nuestro entorno, es usufructuado sin posesión, de la misma forma aquello que la Iglesia atesora y guarda debería pasar a ser de uso común. Las consecuencias culturales serían enormes, pero hay una consecuencia más que sería de un alcance aún mucho mayor.

A parte de las actividades espirituales y de servicio a la comunidad de los desfavorecidos, hay una actividad sumamente importante que se vería afectada por este cambio en la Iglesia, y sería en la educación. Poner al servicio de la comunidad toda esa gran cantidad de edificios, no solo los actualmente dedicados a la educación, sino todos aquellos que son dedicados a cuestiones mucho menos sociales, implicaría una apuesta por un modelo de educación, más allá del estatal, comunitario, realmente público, que pudiera gestionarse de manera social, llegando mucho más lejos que los actuales sistemas educativos estatales, que en algunos casos son realmente deficitarios, y quizás sirviera de ejemplo (otra de las vocaciones perdidas de la Iglesia) a los Estados en el camino de una gestión social y eficiente de lo común, favoreciendo de paso modelos educativos coherentes con ello, cooperativos y comunitarios.

Los caminos del poder siempre son complejos porque superponen los intereses al servicio, lo privado a lo común, lo estatal a lo público. Y los desvíos hay que decidir tomarlos.

Moral, Ley Natural y Tracendencia

Anteayer, Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Mérida, publicaba en El Periódico de Extremadura un artículo a raíz de los estudios científicos que hablan del origen fisiológico y por tanto también en el tiempo, origen primate, de nuestra moral y nuestra ética.

Termina dicho artículo con el siguiente párrafo:

Una conclusión de todo esto es que resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos (o por neurocirugía), o por una reflexión frente a la jaula de los primates. Además, esta imposibilidad es lógica, no fáctica. Por lo que es insuperable, y tan inmortal como lo son los dioses. Pero creo que insinuar la necesidad racional de lo trascendente como condición de la moral es más de lo que podría soportar un primatólogo materialista. Lo dejamos, pues, para otra ocasión.

Creo que el concepto de Naturaleza, en la acepción que nos lleva a pensar en la existencia de una Ley Natural, debemos extirparlo de nuestro vocabulario, con el fin de progresar en el camino por un lado de asumir nuestra parte biológica con todas sus consecuencias, pero también para poder aceptar que una persona humana tiene la capacidad de trascendencia, sino la necesidad. Y todo ello ayudaría de paso a que asumiéramos a nuestras hermanas no humanas dentro los criterios de convivencia que nuestro planeta demanda.

Ni belicistas ni monárquicos

Ni es monárquico ni es belicista. Es un juego sí, un juego donde dos personas van a intentar conocer a su oponente. Ni matar, ni comer, sino tomar. Cuando el bosque oculta la realidad no hay como un estólido para regodearse en la estulticia general. El ajedrez es un juego en el que cada persona pone en juego su propio Yo, y se enfrenta a una relación personal con otro, y en ese proceso ponen en marcha todas sus herramientas relacionales para conseguir el objetivo final; apartar todos los obstáculos y conocer lo mejor posible a su oponente. Fijarlo, conseguir inmovilizar el yo de la otra persona y conocerla mejor tras desvestirla.

Las denominaciones, las formas, son ese bosque que al necio le ocultan la realidad de lo que representa ese juego. Una representación mucho más allá de las obligaciones que las piezas mantienen con la Historia. Cosa que el tablero ya consiguió liberar. Los escaques son la representación figurada del territorio en el que nos movemos; en lo bidimensional viene a figurar la esencia tridimensional con sus proporciones, haciendo un paralelismo con la realidad en la que siempre falta aparentemente una dimensión, el tiempo. Aquellos que jugamos con frecuencia nos hemos hecho al uso de un tiempo marcado, no por masoquismo, prisas o falta de paciencia. La vida tiene un transcurso, una duración determinada, y las relaciones personales se ven constreñidas a ese corsé más o menos comprimido, más o menos extendido. Es por ello que se ha confundido la agudeza mental provocada por el juego frecuente, como si fuera un progreso en la inteligencia o en la lógica del individuo, cuando en realidad se trata de una mayor habilidad en comprender lo que la persona que nos habla quiere transmitir, sus argumentaciones, su estrategia comunicativa. La habilidad espacio-temporal en la comprensión del otro es vital en el proceso de personalización, pero también lo ha sido en nuestro proceso de humanización. Nos hemos hecho más y más personas a medida que hemos desarrollado la habilidad de comprender el juego y representación de aquellas a las que tenemos delante.

Es la misma lógica interna a la música. Se trata de mecanismos de representación auditiva que provocan reacciones diferentes en cada una. Es como una cinta transportadora, la secuenciación que acompaña a nuestros procesos mentales y arrastra pensamiento, lenguaje y acción. Los juegos, sobretodo los juegos simples de dos jugadores permiten una aproximación de ambas secuenciaciones, de una superposición temporal de ambas “músicas” que como si de una danza coordinada se tratara, y que nos permitiera contemplar al otro de una manera sintonizada. Los juegos que analizó la matemática moderna, y como consecuencia la economía de mercado, a raíz de los estudios de Nash, son de 3 o más jugadores, y no implican los mismos procesos, sino la sincronía y armonización de las acciones, permitiendo la predictibilidad de las mismas. No se trata de la relación biunívoca de dos almas, mentes y espíritus, sino la armonización de las decisiones e interrelaciones de cuerpos y mentes; no nos centramos en el “entre” sino en la proyección y las consecuencias.

Las piezas de nuestro juego, de nuestra representación teatral podrían estar vestidas como lo están de monarquía y belicismo, como podrían estarlo como los personajes de Loonie Tunes, Star Trek o Star Wars. Es lo mismo Casa de Muñecas, La Escalera, Esperando a Godot, El alcalde de Zalamea o Romeo y Julieta; se trata de representar a la realidad con diferentes personajes, que en realidad son el medio por el que un autor “juega” con el público. Se trata de una representación de nuestras herramientas, de nuestras vías de aproximación al otro, y con ellas nos arropamos, nos encubrimos, nos develamos o desvelamos al otro. Paso a paso nos vamos acercando al centro de nuestro oponente y a su vez él al nuestro. Es un baile de máscaras que caen y que finalmente terminan por detener a uno de ellos. Y es en el proceso por el que nos reconocemos, tanto nosotras mismas como el otro. Y claro está, puede suceder que no lleguemos a desvelar más que algunas trazas, y que todo quede en un aplazamiento. Pero ni hay muertes, ni violencia ni derrocar reyes o reinas; simplemente personas en busca de sentido y de re-conocimiento.