Un texto sobre educación

En una reciente traducción que he realizado de una conferencia sobre el Anarquismo Político, que dio Péguy en 1904, se encuentra el siguiente texto, que creo es de una claridad diáfana. Disfrútenlo.

El maestro, siendo en general autoritario, intenta aprovecharse de que enseña a leer para hacer leer preferentemente ciertas lecturas y no otras; se aprovecha de que enseña a escribir para que se practique escribiendo determinadas cosas y no otras; donde se le pide al maestro que enseñe a leer y a escribir, no solamente lo enseña sino que enseña más unas cosas que otras.

He aquí el sofisma del monopolio. Se comete (¿tendré que decirlo todavía?) por todos los partidos reaccionarios. Lo hemos visto cometer por los reaccionarios de derecha cuando estos eran los más fuertes; lo hemos visto en nombre de la Iglesia, en nombre del Catolicismo; lo hemos visto cometer todos los días en nombre de los partidos reaccionarios de izquierda, en nombre del Estado. Si ustedes quieren convencerse, no tienen más que abrir uno de esos libros que se les da a los niños en las escuelas primarias. Cuando hay una reacción de derechas, podrán verificar desde las primeras paginas, que no hay otro tema que el de Dios y la religión, a una edad en la que los niños no pueden comprenderlo. Todo esto viene a decir que cuando el maestro es un reaccionario de derechas aprovecha que las familias le confían a los niños para enseñarles a leer, haciéndoles leer cosas sobre la religión y la divinidad. Y si ustedes quieren convencerse de que el mismo trabajo se hace en nombre del estado, cuando hay una reacción de izquierdas, no tienen más que leer alguno de esos libros que se les da a los niños en las escuelas laicas, donde sin cesar se habla del Estado desde las primeras páginas, en el mismo tono y del mismo modo que los católicos hablan de Dios.

Así, todo el sofisma del monopolio reside aquí. Por causas económicas y sociales, las funciones de enseñanza se han especializado en la sociedad. Dado que no todo el mundo puede enseñar a sus hijos directamente, un cierto número de ciudadanos son encargados de impartir la enseñanza. Pero ¿qué es dar enseñanza? Primitivamente se trataba de preparar a los niños para el trabajo intelectual, y no de aprovechar lo que se le enseñaba para orientar su trabajo. El sofisma consiste en esto: que a estos niños que se confían al maestro para enseñarles los instrumentos del trabajo intelectual, el maestro aprovecha no sólo para esto, sino para obtener resultados inmediatos, no esperando a que el alumno los obtenga. Que estos resultados sean legítimos es otra cuestión, y todas las opiniones libres son respetables. Lo que digo es que estos resultados le son dados a los niños antes del trabajo de elaboración personal que sería precisamente lo que les hiciera respetables; se sirven una vez más, y no puedo encontrar una formula más sobrecogedora, se sirven de que están encargados de enseñar a leer para hacer leer tal obra más que tal otra.

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La tentación del poder

Pocos hablan de la tentación del poder, de lo que supone combinar los deseos de un mundo mejor posible y verlo hecho realidad. No hablo de la tentación en la que sucumbe la mayoría, que es la de la efectividad, o la eficacia, que es la de un poder basado en la sumisión de otros en favor de un bien para uno mismo o sus amigos. Hablo de la tentación del poder para intentar cambiar las cosas, el poder que te acerca al ideal que persigues; ese del bien común.

No dudo que en 1789 hubiera muchos tentados de ambos tipos; aquellos que veían la oportunidad de una vuelta de la tortilla donde las cosas cambiaran para que nada cambiara; y aquellos otros que desearan fervientemente hacer realidad el lema LEF (Libertad, Igualdad y Fraternidad) en el mundo. Y seguro que entre los Jacobinos había más de estos últimos que de los primeros, pues cuando se sucumbe a la tentación, es mucha la pasión desatada por conseguir el bien común. Es tanta que se puede ir directamente con el lema con tal de conseguirlo.

La rusa también debió de tener ambas formas, como la española, la cubana, la chilena, la nicaragüense… Oportunistas y bien intencionados tentados por la peor forma del mal; el disfrazado de bien.

Y todo esto, ¿a qué viene? Pues a que tengo que agradecer a determinadas personas, que en cualquier caso me siguen pareciendo detestables, el hecho de haberme descubierto tentado, quizás por su propia tentación, pero lo más importante es que me han permitido descubrir que esa tentación siempre “vive arriba”, siempre se encuentra a un paso, a la vuelta de una esquina o del rellano de la escalera, en cualquiera de esas situaciones donde nuestra “buena voluntad” siempre encuentra justificación para acomodarse al ejercicio del poder. Ahora la perspectiva me permite darme cuenta con cuanta frecuencia me he visto en esa tesitura.

Un anarquista convencido de que la responsabilidad y la libertad van unidas, que la revolución será personal o no será, que el poder corrompe, debería tener siempre presente que la asunción de puestos de poder en una situación de desigualdad en la toma de responsabilidades conlleva necesariamente la tentación de la eficacia, la tentación de la asunción de responsabilidades sobrevenidas. La comodidad es la baza fundamental de los que se subordinan con facilidad ante los que se responsabilizan con su equivalente opuesta. Y esa comodidad permite que seamos “buenos líderes”, tentados por las bondades del ejercicio del poder.

Nunca obtendremos el objetivo deseado por ese camino. El objetivo comunitario de mi visión del anarquismo, la comunidad de personas que se responsabilizan unas de otras y todas por el que sufre (“La religión verdadera y perfecta ante Dios, nuestro Padre, consiste en esto: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no contaminarse con la corrupción de este mundo.” Carta a Santiago 1, 27), no es nada sin la revolución interior, sin la metanoia. Una transformación  interior que nos permite ser sensibles a esa tentación del poder.

Sólo cuando uno ha caído en el error puede descubrirlo y corregir el rumbo. Primero distancia, aplacar la soberbia del que cree tener la fórmula mágica, y desde entonces reconocer el peligro lo antes posible. La eficacia es como la seguridad, un sentimiento burgués y moderno, que nos ciega ante el peligro de la asunción de responsabilidades que excede al bien comunitario. Por ello la democracia representativa es un fraude, es el mito de la eficacia puesto en marcha por mentes jacobinas. Cada uno lleva su tentación a cuestas.

Péguy contra el moralismo

Así se titula un post que he localizado gracias a la página de Péguy en Facebook que abrió mi amigo Gabriel Leal y a la que me invitó a ser administrador. Habrá que invitarlo también a él a administrar este sitio, no?

La Revista Electrónica Conspiratio ha incluido un breve texto de la Note conjointe que no tiene desperdicio y que les cito aquí tal como la traducen los amigos de Conspiratio:

La “gente bien” es impermeable a la gracia.

Es éste un problema de física molecular y globular. Eso que llamamos moral es un unto que hace al hombre impermeable a la gracia. De ahí que la gracia obre en los peores criminales y levante a los miserables pecadores. Lo consigue porque empezó penetrándolos, pudo penetrarlos. De ahí también que, si nuestros seres más queridos están, por desgracia, untados de moral, son, para la gracia, inatacables, impermeables. Empieza por no poder penetrarlos. Desde la epidermis. Son impenetrables absolutamente, en su totalidad, porque están untados, porque son impenetrables en el punto sensible a la mojadura, en la superficie de mojadura, que constituye el origen y la superficie de pentración. (…)

Por eso nada es tan contrario a lo que se llama (con un vocablo algo averonzado) religión, como lo que se llama moral. La moral recubre al hombre contra la gracia. (…) La moral es una propiedad, un régimen y, con seguridad, un gusto por la propiedad. La moral nos hace propietarios de nuestras pobres virtudes. La gracia nos da una familia y una raza. La gracia nos hace hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

La permeabilidad, la mojadura, el unto… sensaciones tan físicas, pero en un punto tan a flor de piel (literalmente) que se rozan con lo espiritual. Esa pátina moral que recubre a toda institución que legisla o deslegitima, impidiendo toda la porosidad que necesita la persona en su crecimiento para absorber la diferencia. Unas virtudes mal entendidas, que se confunden con algo poseído, momento en el que se marchitan como la margarita que cortamos en primavera, y que a penas sobrevive unas horas. Una ley que convierte en legal el hambre y la pobreza.

Un comentario a la Verónica

En el blog de Marcelo L. Cambronero , joven profesor de filosofía, doctorado con una magnífica tesis sobre Berdiáev, aparece un comentario a la edición de la Verónica de la que hablábamos en nuestro anterior post. Puede resultar de mucha ayuda para su comprensión. Simplemente detallar que es una visión desde un posicionamiento católico, en el que faltarían algunos aspectos que abordar, como su relación con la otra obra mencionada, Clio. Os animo a leerlo atentamente.

A tal democracia, tal justicia

Al sistema que sustentamos día a día le corresponde la justicia que con la misma frecuencia apoyamos. Y hablo de democracia y justicia en minúsculas porque no se trata en ninguno de los casos de aquellos conceptos magníficos y grandilocuentes que defendían los ilustrados. Simplemente son lo nombres más habituales con los que designamos al sistema político y judicial respectivamente imperantes.

Un sistema racionalmente desproporcional debe estar acompañado de un criterio de justicia, injusto. La posmodernidad ha santificado esta democracia, como también lo ha hecho con esta justicia, y ahora ya no sabe qué hacer con ellas. ¿Se puede ser justo cuando se pide encarcelar a niñ@s de 12 años? ¿Se puede ser justo mientras se mantiene a presos en las cárceles que ya han cumplido su pena sobradamente? ¿Se puede exigir la pena de muerte para alguien que aún no ha pasado por un tribunal?

Estas preguntas son parte del miedo a la inseguridad. El temor al otro se puede radicalizar de forma insospechada tanto en el tiempo como en la magnitud, de manera que podemos generar pánico simplemente con el tintado excesivo de una fotografía (como sucedió en la portada de El Mundo el día del atentado del metro de Moscú), o se puede incitar al linchamiento avanzando especulaciones sobre la muerte de una menor. Y el sistema lo admite, y lo hace en pro de la libertad de conciencia y de expresión. Libertades que ya no son tan bien vistas cuando lo que se pretende es denunciar esos excesos.

La misericordia queda muy lejos del entendimiento general, y normalmente se la ve como una estupidez. Transformar el sistema penal en el sentido de trabajar la reinserción con más ahínco que el encierro punitivo sería más barato, más efectivo y más humano; pero vamos a endurecer el código penal para ir un poco más en contra de la propia Constitución, alejándonos de la reincorporación de aquellos y aquellas que se equivocaron, para encerrarlos en lugares cada vez más hacinados y menos humanizantes, para que al salir no encuentren otro camino que el de la vuelta a prisión. Preferimos pensar que la judicialización, la ejecución de lo punitivo, es mucho mejor que la reinserción y la negociación.

Ya lo he dicho más de una vez, pero no me cansaré de decirlo. Mientras no acabemos radicalmente con el Derecho como lo entendemos hoy, no habrá cabida para las personas en este mundo, sino para las cosas poseídas por unos pocos, que son las que mandan sobre cualquier línea del código penal, civil o administrativo. Hay que reconstruir desde cero para acercarse a un Derecho Social y no Mercantil, donde sea imposible que una empresa tenga los derechos de una persona. Recordemos que nuestro sistema se basa en un reparto de poderes, y nunca tomamos en cuenta el alcance del Poder Judicial; atentos, no se habla de Justicia, sino de la ejecución de la interpretación de la misma por un juez.

Ley antidescargas, ley contra el compartir.

Internet ha venido a visibilizar algunas actitudes del ser humano que cada vez pasaban más desapercibidas, como es el caso de compartir. Hacer parte a los demás de lo que en un momento determinado tengo acceso, bien por posesión, bien por uso, bien por acceso a otro proceso de compartición, es a lo que nos referimos con la palabra “compartir”. Y eso está en las antípodas de la economía liberal, capitalista, o como quiera que la llamemos. Es su enemiga más peligrosa, es el antídoto contra el tener, contra el poseer. Recordemos que el sustento del derecho, de nuestra sociedad como hoy la conocemos es la propiedad, y por lo tanto su salvaguarda y acrecentamiento son el “sentido de la vida” del sistema en el que estamos inmersos. Cualquier acción en su contra es un peligro, y debe lucharse contra ello.

Aunque me desvié durante unas líneas, precisamente una de las consecuencias de la obtención del estatus de “religión de estado” del cristianismo, fue abandonar toda idea de comunidad de bienes para la sociedad. Se dejaba para los conventos y el reino de Dios. Una de las esencias de cristianismo se veía supeditada a la razón de estado; atesorar.

Pues bien, internet nació por y para compartir. Se comenzó compartiendo conocimiento, investigaciones, procesos. Después se pasó a los contenidos. Y esos contenidos comenzaron a rodar de una manera exponencialmente acrecentadora año a año primero, luego día a día,… hoy segundo a segundo. Se trata de una herramienta que ha desbordado y desborda todas las previsiones que se hacen y revisan, de su alcance, de su impacto en el entorno. Y durante mucho tiempo ha escapado a las garras más dramáticas del sistema. La peor de muchas es eso de los derechos de autor.

Reconocer la autoría es algo que está bien. El tener derechos sobre lo creado, tiene un alcance mucho más complejo. Si al referirnos a ellos lo hacemos en el sentido de reconocer la autoría, y no malutilizar lo creado por otros, podríamos estar de acuerdo todos. Pero si con ello nos referimos a que alguien debe cobrar un dinero eternamente (o casi, al menos en cuanto a se es eterno mientras se vive) por el hecho de haber escrito, compuesto, dirigido,… ya no está tan claro, ya que estamos dando un estatus de propiedad a algo que se hace para que otros lo disfruten, o sea que producimos para venderlo, para comerciar con ello. Curiosamente ese estatus no se le da al producto del trabajo, pues sólo se cobra una vez (y eso con suerte) por eso que se ha creado, y después es otro el que se beneficia (económicamente) de ese producto.

Si a eso añadimos la entidad que “gestiona” esos derechos, que genera un dinero adicional al que reparte… que cobra por cada vez que alguien reproduce en algún sitio una música, o tiene posibilidad de hacerlo… estamos ante una entidad que tiene en el abuso y el sobrelucro su esencia más profunda.

Pero, ¿que hace el que comparte una película en internet? Una película genera unos fondos multimillonarios a su alrededor. Hablamos de muchos millones de euros de beneficios, que se reparten entre todos los que han participado en su creación, pero que fundamentalmente se quedan en la productora y la distribuidora. Es el mismo funcionamiento que con un tomate. Quien más se lleva es quien lo mueve de un sitio a otro y quien ha puesto el dinero para que ese tomate se produzca (el banco). El agricultor se lleva una parte ínfima. Los actores y actrices, así como director y guionista, se llevan una parte nada despreciable, sobretodo cuando hablamos de Hollywood, pero mucho más pequeña que la de productores y distribuidores. Y esto son los perjudicados con el P2P o las páginas de enlaces. Una persona que consigue grabar una película de estreno, o la obtiene de otro país y lo que consigue es la grabación del audio en castellano, es posible que reciba un dinero por ello, pero también que no. Que lo haga porque es algo que le parece bien, divertido, o justo. Ello depende de que la cuelgue de una web que tiene publicidad o no. Hay webs que ganan dinero con esos métodos, otras existen para servir de base a esos enlaces que llevan hasta quienes cuelgan las películas.

Hoy se quejan de que el negocio empieza a no serlo tanto; es como los bancos, que han dejado de ganar 5.000 millones para ganar 3.000 millones, es un verdadero desastre (!!!). Que la gente deja de ir al cine porque ve los estrenos en internet… ¿alguien ha hecho la investigación para saber cuantos de esos van al cine después para ver la película en el cine? No, eso no interesa. Pero lo que es realmente peligroso, es que la gente actúa en la mayor parte de los casos de forma desinteresada. Y eso es una actividad altamente peligrosa para el sistema.

He de reconocer que hay series de televisión que me gustan; Gallactica, House,… Hace años que no tengo televisión en casa, y eso me impediría verlas si no hubiera gente que semana a semana las sube a algún servidor desde el que verlas. No las veo con publicidad, aprendo de ellas cuando es el caso, o me divierto, actividad por lo demás más que saludable. Vivo en una zona rural, y para ir al cine tendría que desplazarme 130kms contando ida y vuelta, lo que supondría un gasto en gasoil a añadir al de las entradas (3 o 4), y la necesidad de contar con al menos 4 horas para destinar a la ida y vuelta más la propia película. Realmente quien sale perdiendo con el que alguien comparta la película en internet es el sistema. Yo dejo de consumir. Dejo de hacer circular el dinero por donde me dicen y decido donde, cuando, y para qué lo destino.

Epílogo. Era el primer año del siglo XX, París. En la sede de los Cahiers de la Quinzaine, su gerente y su secretario idearon una forma de hacer llegar los artículos de revistas como la suya a quienes no podían permitirse pagar más de una suscripción anual (o nisiquiera ninguna), aquellos que daban sus vidas en las fábricas del sistema. Solicitaron que todos aquellos de sus suscriptores que tuvieran alguna suscripción más, les hicieran llegar los números atrasados de esas otras revistas, y simultáneamente preguntaron quien querría qué revista a la que no tenía acceso. Con ambas bases de datos (recordemos que manuales), comenzaron el arduo trabajo de hacer circular números atrasados de revistas, con la única condición de que quien devolvía la revista debía hacerlo con el sello de correos para el envío siguiente. Era un P2P por correo postal ordinario cien años antes de que comenzara el otro. Se compartía conocimiento, se ponía al servicio de quienes menos podían pero que tenían derecho a ello, un derecho no económico, sino moral. Era la forma de hacer la Revolución de Charles Péguy.

Hablando de cine y religión II

Pues continúo con el tema y el ámbito, pero esta vez es “El libro de Eli”. Se trata de una película más con trasfondo apocalíptico, de las que han venido abundando siguiendo una estela que se remonta en el tiempo con “Mad Max”. “Soy Leyenda”, “The Road” y la que nos ocupa serían las más modernas, y de las tres la mejor de todas es ésta última. De esta no voy a comentar nada, porque me remito a lo que ya ha dicho mi esposa sobre ella en su blog, y de la primera, a parte de que Will Smith es un actor que me gusta y que mejora a su predecesora en el tiempo “El último hombre… vivo” (de los 70, y con un Charlton Heston haciendo lo que mejor sabía, sostener un rifle con sus dedos,… aún vivos), aunque desconozco a la anterior de Vincent Price, no pasa de ser una buena trama para entretener.

Pero “El Libro de Eli” tiene la particularidad de referirse a algo que abordaba en mi anterior post; la religión. Eli es un hombre que protege a toda costa el último ejemplar de la Biblia que existe en el mundo (conocido al menos, o sea los USA, como suele ser habitual en estas situaciones), que se considera protegido por él, y con la misión de llevarlo a un lugar “donde sus palabras tengan quien las escuche”. Pero en los 30 años que lleva vagando cruzando el continente, se ha aprendido de memoria el libro completo. Su alter ego, el villano, es el personaje que interpreta el siempre magnífico Gary Oldman. Que busca incesantemente ese ejemplar, ya que lo necesita para completar su plan de convertirse en un lider entre los parias. Conoce el poder de sus palabras, y quiere utilizarlas para someter al resto.

¿Pueden ser unas palabras tan potentes como para liberar o someter? ¿Donde está la diferencia, si es que existe? Pueden, claro que pueden. Las palabras son nuestra forma de comunicar más elaborada, son nuestro paso particular hacia un nuevo estadio en la transformación de la humanidad, de ser humanos. Nos han permitido conceptualizar, elaborar teorías, desarrollarlas, y lo que es más increíble, comunicarlas, hacérselas comprensibles a otros, de manera que puedan repetirlas. Las palabras del Libro (usando la terminología de las tres grandes religiones monoteístas) han tenido y siguen teniendo un papel clave en el desarrollo, no sólo espiritual, sino político, del proceso de personalización de nuestra especie. Es portador de mensajes muy contradictorios, pero muy potentes. Porta en su seno el mensaje legislativo y moral más antiguo que poseemos, la que llamamos Ley del Talión, además de una muestra base de los relatos de la creación, y el desarrollo de la leyes dadas directamente por el creador. Pero también lleva el más innovador de todos.

Eli, que no lleva ese nombre por casualidad, resume en una sola frase el contenido del libro, cuando otro personaje le pide un resumen; hacer por el prójimo más de lo que hagas por ti mismo. De un plumazo han desaparecido la venganza, las leyes punitivas, el miedo al poder de Dios, el Apocalipsis y las interpretaciones de conversos mal intencionados. Todo reducido a interpretar las dos frases más importantes, el objetivo real de todo ese libro, que era llegar a la conclusión básica, al verdadero mensaje; reflejar hacia los demás, más aún de lo que soy, me doy, recibo y encuentro.

Pero ese mensaje no habla de estructuras, de piedras sobre las que cimentar nada futuro, no habla de quien gestiona la ley, no habla de quien la da, ni de quien la quita, no habla de castigos. Todo esto, que son las armas que pueden servir a intereses humanos, construidos sobre el sufrimiento de otros humanos, no es lo que tiene valor en el libro. Por eso debe llegar a donde lo escuchen, pero no una escucha cualquiera, sino la del que quiere escuchar; “quien tenga oídos, que escuche”.

Lástima que el mensaje quede aderezado con tanta violencia como la que se ve en esta película de los hermanos Huges. Sucede como en Matrix; un contenido tan interesante, con tanto que entender, con tanto por explicar, que para llegar a las grandes salas tenga que hacerlo en este envoltorio. Por lo demás la película termina de una forma incomprensible; después de haber resumido el mensaje del libro tan bellamente, lo que realmente importa es la conservación del libro físico, y su inclusión en una nueva biblioteca alejandrina situada en la antigua prisión de Alcatraz, en la bahía de un devastado San Francisco.

Es el eterno retorno del mito ilustrado, moderno, de la conservación del conocimiento como valor en sí mismo, una mística mal entendida del libro en papel, y del conocimiento mismo, que parece que sólo existieran para ser atesorados, sin recordar el mensaje que nos legó Tolkien; convertir en tesoro lo inabarcable nos convierte en enemigos de nosotros mismos.

Hablando de cine y religión

No hace mucho he conseguido ver Ágora, de Amenábar. Gracias a quienes creen que compartir es necesario he conseguido verla en buena calidad, ya que no conseguí ir a verla en el cine. La verdad es que tenía muchas ganas de verla, ya que el personaje de Hypathia siempre me ha llamado la atención, por el hecho claro y evidente de que la Historia (oficial) de la Filosofía ha olvidado a todas aquellas mujeres que han desarrollado pensamiento a lo largo de la Historia, el encontrar mujeres que hubieran generado pensamiento filosófico. Y esta pensadora greco-egipcia es de la que más sabemos de la antigüedad.

Las expectativas cinematográficas no me han defraudado; la película me ha parecido excelente y recomendable desde todos lo puntos de vista, máxime cuando ha generado tanto debate en mi interior y a mi alrededor. Es de agradecer el interés que Amenábar a prestado al personaje, a priorizar su carácter de filósofa, frente al habitual de verla más como matemática o astrónoma, y el de informar de personajes como Cirilo de Alejandría.

Una vez que entramos en la temática tengo que agradecer que se haya optado por una versión más amable del final del que la tradición nos ha hecho llegar, de la protagonista. Un final que seguramente se pareció más al más terrible de los que se cuentan, pero que cinematográficamente nos permite un respiro final. Bastante terribles son los 120 minutos anteriores.

Pero a donde quería llegar es al mensaje, a la ideología que transpira esta película. Según mi opinión, existen tres líneas de pensamiento fundamentales en los personajes: los creyentes, sean griegos, egipcios, cristianos o judios, forman un bloque diáfano con respecto a lo que se quiere transmitir; Hypathia, que representaría al ateísmo, la razón y la voluntad de investigar para aprender; y los adaptativos, quienes anteponen sus intereses y su posición a cualquier creencia o ideología. Para aclarar más mi tesis, decir que para el director y guionista (una misma persona en este caso), creencia y práctica de una religión parecen ser una misma cosa.

Los primeros, los creyentes o practicantes, son presentados sin excepción como tendentes al dogmatismo y al fanatismo. El caso de los parabolanos es paradigmático, ya que a pesar de mostrar actitudes piadosas después se muestran como despiadados miembros de la guardia personal del obispo. Se trata de gente que no piensa, no razona, y que actúa según los dictados de sus líderes.

Los adaptativos, como el caso de Orestes, que pasa de alumno de Hypathia con creencias egipcias basadas en una tradición cultural y no en la fe, pasa a ser Prefecto de Alejandría a las órdenes de Teodosio II, y para calzar mejor en ese nuevo orden se convierte al cristianismo, que reconoce no practicar, aunque cree que las enseñanzas de Jesús son positivas. Finalmente optará por plegarse a las exigencias del obispo Cirilo y abandona a su suerte a Hypathia. Es un pragmático, un realista.

Finalmente Hypathia. La razón, la investigación, el asombro ante las leyes de la naturaleza, explicables mediante la matemática, siempre en búsqueda de la verdad. Se niega a aceptar una práctica que contradiga el dictado de su razón.

Con este panorama, Amenabar nos presenta un claro mensaje; los fundamentalismos se encuentran en el seno de toda práctica de una religión, y al no hacer diferenciación entre fe (creencia) y estructura religiosa, al identificar fe y religión, hace una condena unánime de cualquier fe, a excepción claro de la Razón.

Esta confusión, este solapamiento de términos es común en el mundo moderno, que busca simplificar ante todo; al igual que escolarización y educación se confunden, fe y religión se convierten en una única cosa. Aquello en lo que creemos se confunde con la estructura de poder que se genera por debajo, y que se sirve de ella para alcanzar cuotas de poder. Benedicto XVI habla de “agudas alianzas” al referirse a la forma en la que Cirilo de Alejandría (santo y doctor de la iglesia católica) había llegado a reducir a hereje a Nestorio, obispo de Constantinopla. ¿Puede se santo y doctor en la fe cristiana un individuo como ese?

Ya en mis primeros tiempos de converso al catolicismo insistía en que el verdadero futuro del cristianismo eran las catacumbas; retomar ese momento de minoría, de persecución, sería en el que se podrían retomar las enseñanzas del Evangelio. Si algo ha conseguido el visionado de Ágora, acompañado por alguna otra experiencia próxima, es el sentirme definitivamente fuera del catolicismo, y probablemente más dentro de la fe en Jesús, y en sus enseñanzas que fueron simples y asequibles, entre las que no se encontraba nada de la estructura actual que llamamos iglesia.

Reflexiones sobre la estulticia

De necedad y tontería se completa la estulticia. Y de esta están plenos los políticos de este sistema nuestro, aquí y acullá. Hace unos días, un ministro latinoamericano se atrevió a decir cosas que aquí nadie osa mencionar; verdades como puños. Pero la indignación del necio no se ha hecho esperar, y nos quieren hacer olvidar que Don Manuel ha campado por esta democracia de la misma forma que lo hizo en la dictadura, con la tranquilidad del impune, quien fue ministro depurador y censor de la dictadura franquista, y quien es un venerable ex-presidente de comunidad autónoma, que recibe de seguro una pensión vitalicia pagada con nuestros impuestos. Así que los servicios prestados en dictadura le son recompensados por los mismos a los que ordenó encarcelar, dándole la impunidad. Pero que alguien venga a airear dichas cuestiones, y relacionarlo con el partido que preside como fundador, es algo escandaloso.

Que se diga que es un partido de derechas, también les ha resultado insultante… que relacionaran al Sr. Azanar con el golpe de estado en Venezuela también… cuando nadie quiso investigarlo aquí, aunque había evidencias para hacerlo…

Y que se diga de un juez, que tiene intereses en una ideología política, también es escandaloso, que se diga que puede ser parcial en sus juicios también…

Ah, pero que desde aquí se acuse a otros de crímenes gravísimos, aunque hubiera base para ello, sí que es aceptable. Por que nosotros TENEMOS LA RAZÓN.

Decía Charles Péguy que la razón no “se tiene”, es un útil que nos permite ser lo que somos, personas, pero no somos poseedores de ella, y para explicarlo con calma escribió un artículo en sus Cahiers titulado “De la raison”.

Por cierto, no soy defensor del actual gobierno venezolano, como no lo soy de ninguno, por si a alguno se le ha pasado por la imaginación.