¿Religión en la Escuela?

Leídos tanto el artículo de Víctor Bermudez “Defensa de la religión en la escuela”,  como el de David Cerdá en el mismo número de HCH, “Contra el popurrí ideológico y el espíritu amurallado” he de reconocer que me sitúo en una tercera posición, argumental y en cuanto a las conclusiones.
Creo que con demasiada frecuencia se confunde lo laico, con el laicismo. Lo que corresponde al ámbito público, de los valores cívicos, de la ciudadanía, de la polis, aquello que se centra en el desarrollo de la vida pública como ciudadanos, eso es ser laico. Laicista es en breve, el que usa estas cuestiones para enfrentarse enrabietadamente contra la religión, y por cierto, tiene un componente mayoritario hispánico. Pero mantener la esfera de lo laico bien definida permite una buena salud para la ciudadanía como para algo impresicindible para el ser humano, que es la espiritualidad, el sentimiento de lo trascendente.
Como cristiano, considero que la Iglesia Católica, y como ella la mayor parte de las religiones, abusan de su intromisión en terrenos que no le corresponden. Y no digo que estén desconectados, pero la Iglesia se ha convertido en máquina de poder, como otras instituciones, abordando el ámbito de la ciudadanía. La sacralidad, lo trascendente, precisa de un ámbito, de una forma de razonar (sí, de razonar) diferente al ámbito laico. Y no se trata de crear una escisión, sino de permitir que se tenga la suficiente independencia para desarrollar las creencias.
Una clase de religión católica debería enseñar claramente que no se puede ser militar, ni usurero, ni rico. Enseñar eso fuera del contexto correcto se hace imposible, ya que vivimos en una sociedad estructurada bajo la base de un capitalismo militarizado, por lo que socavaría las bases de la sociedad.
La religión debe pertenecer al ámbito de la familia y de la comunidad, que son quienes deben transmitir esta forma de entender el mundo. La escuela, por contra, debería transmitir la manera de vivir en sociedad, de participar en ella, de hacerla mejor cada día, de comprender como estructurarnos para ser sostenibles. En cambio se dedica a suministrar conocimientos contrastados o no, pero que políticamente se consideran imprescindibles para el fin que la escuela sirve.
Sí. Hay que cambiar la escuela y las instituciones religiosas. Quizás en ese mundo posible pero aún no existente podríamos compartir espacios de convivencia donde las creencias y las verdades, sean del tipo que sean, pudieran transmitirse para crear conciencias críticas tanto frente a la trascendencia como ante el poder político.
Indudablemente me encuentro más cerca de Víctor Bermudez Torres que de David Cerdá. Aunque argumentos de los que presentan ambos los considere míos. Cambia el punto de vista y fundamentalmente mi esperanza.

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