El valor de una vida humana

No hace mucho tiempo vi la película “Good Kill”, que por primera vez ponía el acegoodkillnto sobre esa nueva forma de matar que nos permiten los drones; a distancia, como en un videojuego, pero en primera persona. Se centraba mucho en los problemas personales, no quedaba muy claro si de conciencia, del oficial protagonista de la películaeyeinthesky.jpg. Realmente no te das cuenta del punto de vista siempre individualista que le confieren a las películas en USA, hasta que no ves el mismo tema tratado desde el otro lado del Atlántico. Igualmente anglosajones, aparentemente forjados por la misma ética protestante de Hume, Mill o Weber, pero siempre con un carácter mucho más personal. “Eye in the Sky” es casi una obra de teatro con 6 escenarios simultáneos, coordinados por la tecnología que nos permite vernos y oírnos en tiempo real, igual que podemos asesinar en tiempo real y en primera persona sentados con un café o un té con pastas.

La última frase de la película es también la última frase que Alan Rickman nos dejó en el cine:

“Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra”

Tres objetivos prioritarios de la facción somalí de ISIS se encuentran reunidos en una casa del barrio de refugiados somalíes de Nairobi preparándose para un ataque suicida; desde el centro de mando del ejército y el del gobierno británicos, la base de operaciones de drones en Texas y de la inteligencia de USA en Hawai, y del ejército keniata en Nairobi se monitoriza el ataque desde un dron para abatirlos. El problema surge con la presencia en el área de alcance del ataque de una niña que vende pan.

El valor de la vida humana es el epicentro de todo, y girando al rededor se encuentran la responsabilidad sobre las decisiones, la responsabilidad de gobierno, la aplicación “contable” que significa la estimación de daños colaterales, y varias temáticas más habituales en la ética.

Siempre me he preguntado si al valor de la vida de una persona es posible aplicarle operaciones aritméticas. Si una vida vale mucho, ¿cuanto vales tres?¿Mil?¿Un millón? Y si una es incalculable, ¿podemos atrevernos a poner por delante la vida de ochenta frente a la de una? Pero ese es el problema más evidente del que trata esta película. Detrás se encuentra el dilema de la violencia, y de la legalidad de la muerte en estado de guerra. En la comparativa de estos dos títulos de los que hablo, hay algo que podemos sacar en claro a primera vista; o en las películas norteamericanas nos engañan simplificando las historias al máximo, o la práctica en la toma de decisiones en el país más poderoso de la Tierra no se sustenta más que en las de una sola persona. En la cinta inglesa se puede observar un complejo entramado político, legal y militar que precisa que entre ellos haya acuerdo, teniendo la decisión última el responsable del ejecutivo. Pero aún así las decisiones están basadas en los efectos cuantificables que se generen; muertos, imagen pública, efectividad,…

Esa frase del final, parece dejar la puerta abierta para salvar el “honor” cuestionado de un militar que mata desde una silla a miles de kilómetros sin riesgo para su vida. Pero más bien creo que es la muestra de esa imposibilidad para justificar sus actos amparado en una mística militar cada vez más difícil de defender. En la lógica de la guerra tradicional, la que se termina con Vietnam, las muertes de uno y otro lado se consideran “legales”, producidas en el proceso de una guerra. Pero poco a poco, durante los años 70 y 80 se fue generando una transformación de esa lógica, hacia una en la que la guerra es siempre defensiva, lo que convierte al otro en terrorista, y por tanto “mis” muertos siempre son asesinatos cometidos por el oponente. A dicha transformación, ha venido a sumarse la mezcla de distancia y efectividad que aportan las nuevas tecnologías. Bombardear Dresde y matar a miles indiscriminadamente no tenía más justificación que “terminar cuanto antes la guerra”; lo mismo con Hiroshima y Nagashaki. Ahora podemos matar a una persona con pocos “daños colaterales” con una certeza casi total; ¿cuantas veces se habrán preguntado como hubiera sido poseer esta tecnología y poder matar a Hitler desde un despacho de Londres?

Al final, cada uno carga con sus culpas, sí, pero los muertos son vidas concluidas para siempre. Creación, fabricación y comercio de armas son el mayor delito de lesa humanidad que existe. Si realmente queremos afrontar la culpa y nos creemos capaces y legitimados para matar, que sea mirando a los ojos y con nuestras propias manos.

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