Procusto y la Hospitalidad

Procusto, que también era llamado Damastes, es el prototipo de la Modernidad. Con mucha frecuencia se ha confundido sus razones con las de la Reina de Corazones, que continuamente estaba exigiendo “Que le corten la cabeza!” a todo el o la que sobresalía a su lado.

Pero no, el avasallador de Procusto a lo que se dedicaba, era a recibir con aparente diligencia a los viajeros en su posada, y maniatarlos para someterlos a la tortura de hacer encajar su cuerpo en una cama de hierro bien muy larga, bien muy corta para sus víctimas. Ese molde que no se corresponde con nadie en concreto es el prototipo de la uniformidad, el opuesto de la diversidad. Es la sistematicidad puesta al servicio de lo idéntico. El espíritu de sistematicidad que la Modernidad trae consigo es la herramienta más potente y destructiva que tiene la ideología predominante en Occidente en los últimos 200 años. La anulación de la diferencia, la acomodación a estándares, la reducción de opciones para el pensamiento y la acción, donde todo se ve mediatizado por la eficiencia, otro punto que Procusto llevaba a cabo, cortando con precisión todo lo que quedaba fuera del marco que generaban sus camas metálicas.

procusto

Además es la antítesis de la Hospitalidad, ya que era en el ejercicio de su profesión de hostelero que cometía sus atropellos. Las características de la hospitalidad son precisamente aquellas del diálogo, la diversidad y el cuidado; para, en y con el otro. Procusto por contra solo busca la uniformidad, destruyendo en el camino, como forma de preservación del sistema.

¿Qué Teseo vendrá en nuestra ayuda para someterlo a su propia técnica?

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Un pensamiento en “Procusto y la Hospitalidad

  1. Olaya Fernández Guerrero en su su artículo “La diosa Ariadna como paradigma de emancipación femenina”: El poder simbólico del mito es tan amplio y potente que abre infinitas posibilidades de volver sobre él una y otra vez, escribirlo y reescribirlo desde múltiples perspectivas y profundizar en su significado, que es inagotable porque «el mito nunca es apresable en su pureza originaria»4. En el ámbito de lo mítico confluyen elementos evidentes y contenidos ocultos, y en su núcleo siempre se desvela una alternancia entre lo racional y lo irracional, lo bello y lo monstruoso, la comedia y la tragedia, el bien y el mal… en una síntesis que nos resulta a la vez «fascinante y repulsiva»5 pero que nunca deja de seducirnos. El mito encierra un enigma, es fragmento de realidad velada, contiene retazos de verdad que pueden intuirse pero que nunca acaban de aprehenderse por completo.

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